Una ventana privilegiada a los mecanismos del poder y la comunicación política en el Barroco español.
Manuel Rivero Rodríguez nos sumerge en el mundo de la propaganda política del Barroco a través de tres biografías del conde duque de Olivares, encargadas y supervisadas por el propio valido para moldear su imagen pública durante el reinado de Felipe IV, y que evolucionan con la fortuna política de su protagonista: desde los Fragmentos históricos de Juan Antonio de Vera y Zúñiga (1628), que presentan a un Olivares modesto y dialogante en sus primeros años de gobierno; pasando por el Retrato del privado cristiano político de Virgilio Malvezzi (1635), que lo muestra como estadista ejemplar en tiempos de aparente éxito; hasta el desesperado Nicandro (1643), último intento por defender su reputación tras los desastres de Cataluña y Portugal que precipitaron su caída.
Irak es una herida abierta. Jon Sistiaga, reportero de guerra, narra los pormenores del conflicto y la muerte de su compañero, el cámara de Telecinco José Couso.
Testigo de la guerra de Irak, Jon Sistiaga relata su experiencia, incidiendo especialmente en la crónica de la muerte de su compañero y amigo José Couso, a quien asistió hasta el último momento.
Con pulso ágil, espíritu sincero y voluntad de independencia, profundiza en la peculiaridad de la guerra irakí, en la vida cotidiana de sus habitantes y en el influjo que sobre ello sigue ejerciendo la dictadura de Sadam, al tiempo que desmitifca el oficio de periodista de guerra. La muerte de Couso ocupa un lugar central en la obra, y desde él se nos cuenta con emotividad y precisión la secuencia de hechos, el traslado, la hospitalización, el fatal desenlace y la reacción de las autoridades españoles ante una asesinato que aún no se ha esclarecido.
Todos nosotros somos, en esencia, aquello que leemos. Ese es el presupuesto del que parte Luis García Montero en este libro. Un principio difícilmente rebatible desde cualquier rincón de la cultura. Las lecturas a las que Federico García Lorca se acercó en su juventud le convirtieron en la persona que fue -hasta sus últimas consecuencias- y en símbolo de toda una época. Como uno de los escritores españoles más populares del siglo XX, sus obras son objeto continuo de estudio, su poesía resuena más allá de los libros y sus piezas teatrales han conocido multitud de puestas en escena a lo largo de los años. Lejos del mito del autor de genio innato y profundas raíces populares, su escritor, desde los más tempranos, reflejan un profundo conocimiento de la literatura clásica, de las obras de sus contemporáneos, además de un acercamiento intelectual a la cultura popular, tanto literaria, como musical o teatral. Como todo lector, el joven Lorca buscó en sus lecturas la manera de forjarse una identidad, no solo como escritor, sino también como individuo y como ser social. Este es, sin duda, uno de los más hermosos y fecundos ejercicios de la libertad que puede acometer el ser humano.