En 1565 Richard Breton edita en París Les Songes drolatiques de Pantagruel, una colección de 120 estampas grabadas en madera por un autor anónimo, que las firmó utilizando el nombre de Rabelais. El artista desconocido que grabó las estampas pudo ser François Desprez. Una selección de 25 estampas de Desprez fueron la inspiración directa de la serie de 25 litografías de Salvador Dalí tituladas también Les Songes drolatiques de Pantagruel. Dalí mantuvo las composiciones originales, introduciendo pequeños detalles que subrayaban su carácter fantástico. El imaginario carnavalesco pasa por el filtro de la «paranoia-crítica» daliniana, en una expansión de la estética de lo grotesco. Ese ciclo satírico-surrealizante sirve como pretexto visual para revisar a ese artista extravagante que llegó a decir que «la belleza será comestible o no será». Dalí canibaliza el mundo pantagruélico y nos invita a degustar un menú que es más inquietante que sabroso.
Un viaje apasionante a través de la historia para descifrar los enigmas petrificados que atesora la ciudad del Vesubio.
¿Sabías que se han encontrado extravagantes grafitis con un oculto mensaje?, ¿o que los muros de una domus conservan un enigma religioso que revolucionó el mundo científico? ¿Y que el Vesubio no erupcionó un 24 de agosto?
Situada más cerca del Vesubio, las cenizas golpearon con mayor fuerza sobre Herculano que quedó sepultada por completo. Por ello, frescos, mosaicos, casas, termas y tabernas están conservadas de forma impecable, mejor aún que en Pompeya, para dejar constancia del lujo que envolvía la ciudad antes de la erupción del volcán.
En estas páginas descubriremos la vida social de sus ciudadanos llegando a ver las facetas más personales y sentimentales, desde sus pertenencias y gustos hasta sus propios cuerpos. Observaremos las grandes estructuras que se han conservado milagrosamente debido al flujo piroclástico del volcán Vesubio expulsado en el año 79 de nuestra era y conoceremos a figuras importantes que han aportado al estudio de la historia romana.
María Luisa de Parma bautizó como "la trinidad" al singular triángulo que formó con Carlos IV y Manuel Godoy. Triángulo entre cuyos vértices se dirimieron las dinámicas de poder, traiciones y, sobre todo, ambiciones desmedidas y fallos de cálculo que terminarían por entregar el país a un oportuno cuarto en discordia: Napoleón Bonaparte. Con un rigor impecable y apoyándose en el estudio minucioso de las fuentes directas, Antonio Elorza recompone en este ensayo la secuencia frenética de acercamientos estratégicos, desafecciones y puñaladas entre los cuatro, pero especialmente entre Godoy y Napoleón, con los que el primero intentaba ganar para sí la legitimidad de un poder que ya ejercía de facto, y el segundo buscaba expandir su imperio. Y demuestra que, gracias a la ambición de Godoy, Napoleón pudo llevar a cabo pacíficamente la ocupación militar de España. Las consecuencias catastróficas de este juego de tronos castizo incluyen la derrota de Trafalgar, que ya hace inevitable la pérdida del imperio americano, y la posterior Guerra de Independencia, trágica destrucción de un país que reflejó Goya en sus Desastres. De otra parte, supuso también la ruina de Napoleón, quien terminó por reconocer que "los españoles se comportaron en masa como un hombre de honor" y que, después de todo, "merecían algo mejor".