Desde hace unas décadas, nuestras sociedades se han visto atravesadas por una obsesión memorialista sin precedentes. La necesidad de recordar los pasados traumáticos se ha impuesto así, casi sin percatarnos, como una obligación moral que, supuestamente, nos llevará a evitar futuros enfrentamientos y desgarros. El mantra «quien olvida su historia está condenado a repetirla» sintetiza a la perfección esta idea, formando ya parte de todo un sentido común de época. En 'Tejer el pasado', las politólogas Sandrine Lefranc y Sarah Gensburger cuestionan de raíz esta concepción tan extendida. Este borboteo incesante del pasado en nuestro presente ha propiciado la aparición de toda una 'industria de la memoria' cuyos esfuerzos, en opinión de las autoras, están dirigidos de manera ineficiente. Y es que, según argumentan, el despliegue de todas estas acciones memorialistas no contribuye de manera necesaria a alumbrar sociedades más pacíficas o tolerantes. Su análisis, por tanto, no parte de la idea preconcebida de que cabe recordar para 'nunca más' repetir errores del pasado, sino que se centra en el modo en que, según las ciencias sociales, los individuos operamos en nuestros campos de referencia. ¿Cómo hacer que las políticas de memoria puedan ser realmente eficaces? De este modo, este brillante estudio dinamita un lugar común como punto de partida, para a continuación instituir un nuevo promontorio desde el que repensar el modo en que deberíamos recordar ―o no― de manera colectiva, a fin de construir sociedades más justas.
El conocimiento prohibido desde la Antigüedad hasta nuestros días.
El mago invoca en secreto a las fuerzas de la oscuridad. El grimorio ha sido abierto. Habla. Grita. A veces sangra. Invoca a los espíritus del inframundo. El libro se convierte en la puerta que comunica el mundo de los vivos con la sugerente y etérea morada de los muertos. Ya no hay vuelta atrás. Hemos de prepararnos para lo que nos espera, pobres mortales, al pasar una a una las páginas prohibidas.
Desde la más remota Antigüedad, el soporte escrito ha sido uno de los elementos más poderosos a la vez que temidos por el hombre. Miles de páginas que desafían a la misma razón, códigos ocultos, líneas encriptadas con recelo por mentes preclaras del pasado, secretos que, de ser revelados, podrían cambiar nuestra concepción del mundo, quizá, causar terribles desgracias. Todo ello se encuentra en manuscritos prohibidos, papiros mágicos, grimorios medievales, obras escritas por la mano del mismo diablo…
Antiguos libros del Arte Sagrado o Alquimia, colecciones misteriosas, bibliotecas ocultas; textos infames que impulsarían la mayor caza de brujas de la historia humana o manuscritos legendarios. Libros capitales de las grandes religiones que parecen ocultar no solo el pasado, sino también el presente y el futuro; libros malditos y perseguidos que se dan la mano en estas páginas y que, juntos, componen una historia largamente silenciada.
El emperador romano Cómodo quería matar un rinoceronte con arco y flechas, y quería hacerlo en el Coliseo. Su pasión por la caza era tan ferviente que soñaba con abatir todo tipo de bestias, y su destreza era tal que se afirmaba que nunca erraba un blanco. Durante catorce días, a finales del año 192 d. C., Cómodo organizó los combates entre gladiadores más fastuosos y espectaculares que Roma hubiera visto jamás. La gente acudió desde remotas regiones del imperio para presenciar un espectáculo en el que el propio emperador sería la atracción estrella, pues planeaba luchar en la arena como un gladiador más.
¿Por qué los gobernantes gastaban ingentes recursos en tan desmesurados espectáculos? ¿Por qué la plebe disfrutaba presenciando la matanza de animales y la lucha a muerte entre los hombres? ¿Cómo comprender en la actualidad su verdadero significado? Con brillantez y agilidad, Jerry Toner responde a estas preguntas examinando, entre otras, las nociones de honor personal, vigor viril y sofisticación que convertían los juegos en un poderoso relato sobre sí mismos que a los romanos les encantaba contarse.