Todos los seres vivos somos más que habitantes de la Tierra: somos la Tierra, una excrecencia de su estructura y un motor de su evolución. La vida y el medio ambiente han transformado un fragmento de roca en órbita en un oasis cósmico: un planeta que respira, metaboliza y regula su clima.
Ferris Jabr nos sorprende con una nueva visión de la Tierra que emerge de las últimas investigaciones científicas. En ella, los bosques arrojan agua, polen y bacterias para convocar la lluvia; los animales gigantes diseñan los mismos paisajes por los que deambulan; los microbios mastican la roca y dan forma a los continentes; y el plancton microscópico renueva el aire y los mares.
El nacimiento de la Tierra es un viaje estimulante por el funcionamiento oculto de nuestra sinfonía planetaria -sus intérpretes, sus instrumentos y la música de la vida que emerge. Pero también una invitación a repensar el tipo de planeta que queremos dejar a nuestros descendientes.
Desde hace ya varios años, el continente europeo intenta definir un nuevo rumbo para lograr su transición geopolítica y responder a una demanda de modernización de las instituciones cada vez más apremiante y crítica. Entre fracturas internas y recomposiciones externas, el voraz ciclo electoral que inunda nuestras sociedades añade más complejidad si cabe a la cabal comprensión del mundo.
Salvaje, voraz y creativa: así fue la vida de la pintora Suzanne Valadon. Hija de una lavandera viuda, hizo y fue de todo antes de dedicarse a la pintura: modista, obrera, florista de una funeraria, camarera, acróbata, modelo… Pero, en aquel Montmartre parisino de finales del siglo XIX e inicios del XX, en un momento en el que las mujeres quedaban relegadas al salón burgués, al claustro conventual, a la máquina proletaria o al lecho prostibulario, Suzanne no se dejó encasillar. Modelo de algunos de los artistas más aclamados de la primera modernidad, como Renoir, Degas o Toulouse-Lautrec (quien la bautizó tal como ahora la conocemos), no tardó en convertirse ella misma en una afamada pintora. Así, entre lienzos, amantes y alcohol, consiguió salir de la extrema miseria en la que había vivido hasta el momento y comenzó a disfrutar del reconocimiento de los exigentes círculos artísticos parisinos y de una notable fortuna que no le preocupó malgastar antes de morir. Entretanto, pintó su vida de colores, se la comió a mordiscos y se la bebió de un tirón.