Cuando Beethoven nació, Goya tenía veinticuatro años. Ambos murieron con apenas un año de diferencia. En el momento de su muerte los dos habían coronado la cima de la creación artística. Pero, más allá de su talento, entre ellos existe una fuerza invisible que los vincula.
Vivieron unos años decisivos en el curso de la historia europea. Nunca se cruzaron, ni siquiera parece que supieran el uno de la existencia del otro, sin embargo, cuando se analizan sus vidas y obras se encuentran coincidencias asombrosas.
En estas páginas se presenta el resultado de una concienzuda investigación en la que se han analizado los fascinantes paralelismos entre los dos artistas, incluso más allá de su muerte: las consecuencias en ellos y su entorno de la sordera y la Revolución francesa, su relación con la alta sociedad vienesa y española, sus romances prohibidos… Pero también sirve para desmentir muchos de los rumores que han contaminado su memoria en estos dos siglos de legado.
Este libro invita al lector a explorar la historia de dos hombres extraordinarios que, con el tiempo, han trascendido lo humano para convertirse en leyendas.
El periodista de investigación Gareth Gore llegó a España en 2017 para informar sobre el inesperado derrumbe del Banco Popular, considerado hasta entonces como una de las entidades más rentables del mundo. Lo que había de ser una crónica más sobre las consecuencias desastrosas de una ambición capitalista desenfrenada se convirtió en el desenmascaramiento de uno de los saqueos empresariales más descarados y de mayores implicaciones de la historia. Durante décadas, un grupo de hombres ligados al Opus Dei había controlado secretamente los resortes del banco para financiar la extensión y la influencia del grupo religioso a todos los rincones del mundo.
La reconstrucción del expolio permite documentar la historia secreta del Opus Dei, desde su fundación y su consolidación durante los años oscuros del franquismo hasta la actual organización global, cuyos lazos financieros con grandes empresas y gobiernos les han permitido acumular miles de millones en activos. Esta riqueza sufragó su infiltración en instituciones políticas, universitarias y mediáticas tanto nacionales como internacionales, para así imponer una agenda ideológica ultraconservadora a nivel mundial y erosionadora de la democracia, como las políticas antiabortistas de la mayoría conservadora del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.
Estados Unidos entra en la segunda guerra mundial en diciembre de 1941, más de dos años después de su inicio. Hasta entonces había asumido la vigilancia del área del Pacífico y suministrado armamento en Europa a los aliados. Roosevelt defendió la neutralidad, con ese significativo matiz, mientras que sus mandatos fomentaron el rearme de Estados Unidos en el marco de una industrialización acelerada que siguió a la recuperación económica del New Deal entre 1933 y 1934. De 1942 a 1945 despliega su potencial carismático para el que sería su último reto: conducir al país durante la guerra hasta traer la paz. Esa perspectiva épica ayuda a entender que el Congreso aceptara los términos inciertos de una economía de guerra cuando Roosevelt los presenta en abril de 1942: subida generalizada de impuestos, topes a los precios y a los alquileres, congelación de salarios y de precios agrícolas, racionamiento de bienes esenciales y emisión masiva de bonos de guerra mediante los que la propia ciudadanía financiaría al estado.