Una lóbrega tarde de noviembre de 1862, un rústico féretro recibía sepultura en medio de un escalofriante silencio, sin lamentos ni panegíricos por orden expresa del comisionado británico: «No debe quedar rastro que distinga el lugar donde descansen los restos del último mogol». El cadáver que ocupaba el ataúd era el de Bahadur Shah Zafar II, uno de los monarcas más tolerantes y gentiles de una extraordinaria dinastía que se vio al frente de un violento alzamiento, el motín de la India, condenado de antemano al fracaso. El sangriento sitio de Delhi, el Stalingrado del Raj, será su fin, el ocaso de su dinastía y el fin de una cultura incomparable.
Bahadur Shah Zafar II, el último emperador mogol por cuyas venas corría la sangre de Tamerlán y Gengis Khan, fue un místico, un gran poeta y un hábil calígrafo que, aunque privado del poder político real por la Compañía de las Indias Orientales, se rodeó de una brillante corte y presidió uno de los grandes renacimientos culturales de la historia de la India. En 1857, fue la bendición de Zafar a la rebelión de los cipayos de la Compañía la que transformó lo que en principio parecía un simple motín en el levantamiento más grande que el Imperio británico tuviese jamás que sofocar. El libro El último mogol. El ocaso de los emperadores de la India es un retrato de la deslumbrante Delhi que Zafar personificaba, la historia de los últimos días de la gran capital mogola y de su destrucción final en la catástrofe de 1857.
Un viaje al corazón oscuro de la mente humana contado con rigor y sin morbo.
¿Por qué hacemos daño? Esta es la pregunta más perturbadora a la que Juan Enrique Soto, psicólogo y especialista en análisis de conducta criminal, se enfrenta en este libro.
¿Es posible comprender el mal sin caer en el morbo? ¿Se puede analizar la conducta más atroz desde la razón, sin traicionar la sensibilidad?
Con una mirada que combina ciencia, ética y experiencia, El rostro del mal evita los tópicos y se aleja del sensacionalismo para ofrecernos un recorrido riguroso por las raíces del daño humano. A través de casos reales, análisis psicológicos, claves biológicas y reflexiones filosóficas, el autor nos invita a observar el mal como un fenómeno complejo, muchas veces invisible, pero siempre inquietante.
Este libro no promete respuestas definitivas, pero ofrece las mejores preguntas, y una certeza: solo si comprendemos cómo se gesta el mal, podremos reconocerlo, prevenirlo y, quizá, oponerle resistencia.
Porque entender el mal no es justificarlo… pero quizás sea la única forma de no repetirlo.
«Anoche fue encontrado el cadáver de Eustasio Peláez en una calle del polígono industrial C-40. Momentos antes se había visto por el lugar a Higinio Gurméndez, con el que tenía un litigio por unas tierras».
Puede ocurrir que esos dos hechos sean ciertos, y que sin embargo se derive de ellos una interpretación falsa. Porque el lector entenderá algo que no se ha dicho... pero se ha querido decir. ¿Qué debe hacer un juez en un caso así? ¿Se puede condenar a un periodista por contar hechos verdaderos? Álex Grijelmo ha escrito ya siete libros sobre periodismo y sobre divulgación lingüística, pero éste es distinto de los anteriores.
En La información del silencio, no se trata tanto de introducir al lector en el conocimiento del mundo de la lengua —aunque ese propósito también se consigue— como de construir una teoría sólida sobre las manipulaciones informativas basadas en trucos de silencio: esa forma de decir callando, de contar medias verdades.
Tras un recorrido lleno de ejemplos para explicar los significados del silencio tanto en el cine como en la literatura, en la retórica, en la música..., la obra se centra en la rama de la lingüística conocida como pragmática, que estudia el sentido de lo que decimos más allá de su significado. Y edifica así un armazón teórico para aplicarlo en los últimos capítulos, referidos ya al periodismo y a sus trampas.
Este libro constituye, por tanto, una aportación innovadora a la ética de la información, porque demuestra que el silencio también habla, y que el silencio puede mentir; y que los jueces no lo escuchan.