En 1994, Nelson Mandela se convirtió en el primer presidente democrático de Sudáfrica. Desde el comienzo, se comprometió a ocupar el cargo durante una única legislatura de cinco años. A lo largo de su presidencia, tanto él como su gobierno garantizaron que todos los ciudadanos sudafricanos fueran iguales ante la ley, y sentaron las bases para que un país desgarrado por siglos de colonialismo y apartheid se convirtiera en una democracia plenamente operativa. El color de la libertad es la historia de los años presidenciales de Mandela, una obra basada en gran medida en las memorias que él empezó a escribir cuando estaba concluyendo su legislatura, pero que no pudo terminar. Ahora, el prestigioso escritor sudafricano Mandla Langa ha completado la labor, utilizando el inacabado borrador de Mandela, las notas detalladas que el presidente fue tomando a medida que se desarrollaban los acontecimientos y una ingente cantidad de material clasificado.
Premio de Ensayo Gala do Libro Galego 2020. Este libro nació con el encargo de servir como introducción a la literatura para quien desee asomarse a ella. Por el camino, sin embargo, Suso de Toro se desprende del corsé del ensayo para ofrecernos la posibilidad de participar en un diálogo: con los muertos -y por sus páginas desfilan Joyce, Proust, Woolf o Rosalía de Castro-, con nosotros mismos -entrenando nuestra conciencia crítica de lectores y liberándonos de la culpa canónica: se puede no haber leído hasta el final "La montaña mágica", de Thomas Mann-, y con él, con el escritor que conoce a fondo su oficio y que reconstruye su propia carrera literaria para encontrar en sí las claves de lo que hace a quien escribe un autor: los ritos de paso, el vínculo con la propia lengua, las traiciones a que obliga el mercado, la relación con la sociedad, con la comunidad lectora viva y con la posteridad, y la alquimia que convierte en obra literaria el sustrato de lo real y lo imaginado. Al fin y al cabo, como él mismo dice, «cualquier cosa puede ser una semilla inesperada para la literatura si se da la coincidencia de que nosotros seamos la tierra apropiada».
En ocasiones, nos asalta la sospecha de que la vida podría ser algo muy distinto a la vida que vivimos. Que tal vez esta no sea más que una apariencia de vida, que quizá se haya vaciado de su esencia sin que nos hayamos dado cuenta y sea solo su simulacro o su parodia; porque nuestras vidas se estancan, se resignan, quedan sepultadas bajo el cúmulo de los días, se alienan y se cosifican bajo la influencia forzosa del mercado y la tecnificación. Que tal vez estemos dejando pasar, sin siquiera darnos cuenta, la verdadera vida.
Pero ¿qué es la vera vita? De Platón a Rimbaud, de Proust a Adorno, esta pregunta se ha mantenido vigente a través de los tiempos. No es la vida bella, o la buena vida, o la vida dichosa, tal y como la ha ensalzado la tradición occidental. No se encuentra, de ninguna manera, en el mercadeo de la felicidad y el desarrollo personal que tanto negocio hacen hoy en día. La vida auténtica no proyecta ningún contenido ideal, ni cae tampoco en la autocelebración propia del vitalismo. Es, por el contrario, el rechazo obstinado a la vida perdida, el no rotundo a la seudovida. La verdadera vida es tratar de resistir a la no-vida, del mismo modo que pensar es resistir al no-pensamiento.