En esta segunda entrega de su obra Pensamiento posmetafísico, Jürgen Habermas intenta determinar el sentido de la filosofía después de la crisis de su privilegio epistemológico frente a otras disciplinas y tras el cuestionamiento del predominio de la teoría sobre la praxis. Tres grandes temas son abordados en este contexto: el cambio de perspectiva desde las imágenes del mundo metafísicas al mundo de la vida; la relación entre religión y pensamiento posmetafísico, y el papel de la religión en el contexto político de una sociedad postsecular y liberal. En la tendencia hacia la globalización de la economía y de la comunicación digital, las sociedades de Europa, secularizadas en su mayor parte, se topan con movimientos religiosos y fundamentalismos de una vitalidad creciente. Esta circunstancia no solo ha dado otra dirección al debate científico-social sobre la relación de la secularización con la modernización de la sociedad, sino que también plantea nuevos retos a la filosofía. ¿Cómo tendría que entenderse una filosofía que trate la religión no como una figura del pasado, sino como una figura en el presente? En palabras de Habermas, «la filosofía no puede, tampoco en su configuración posmetafísica, ni sustituir ni desplazar a la religión».
Estamos ante la idea de un principio que es el origen de todas las cosas, tanto en sus manifestaciones físicas como en sus aspectos abstractos, y al que todo debe retornar. El Tao es la energía fundamental que sostiene al universo y su movimiento. Una fuente cósmica primigenia de la que surge la creación. Es el camino por antonomasia, anterior a todo lo demás. Es uno de los fundamentos de la doctrina iniciática del taoísmo filosófico, con un papel relevante en la religión china, en el budismo y el neoconfucionismo. Es abstracto, amorfo, inaudible, intangible e inasible. Del Tao surge todo lo demás y por tanto es la esencia de todo lo existente. Una fuente de inspiración permanente para el hombre a lo largo de generaciones, que se expande más allá de las fronteras del Lejano Oriente y que aún perdura y tiene vigencia y gran influencia en nuestros días.
Fundamentos de filosofía (1927) era una obra pensada para el gran público estadounidense que, sin embargo, despertó una aguerrida controversia en los círculos académicos. Su tesis clave afirma que la humanidad es el instrumento mediante el cual adquirimos nuestro conocimiento del universo (o, según Gorgias, «el hombre es la medida de todas las cosas»). De ahí, surgen varias cuestiones: ¿de qué maneras adquiere conocimiento el ser humano?, ¿es posible la formulación de leyes universales.?, ¿cómo podemos distinguir verdad y opinión? Todas las preguntas que plantea Russell abren las puertas al que es, al fin y al cabo, el más sugestivo de los interrogantes: ¿puede el ser humano llegar a conocerlo todo?