El episodio final de la saga Trainspotting. Irvine Welsh se despide a lo grande de los icónicos Renton, Begbie, Sick Boy y Spud.
Estamos en 2015 y los destinos de Renton, Begbie, Sick Boy y Spud vuelven a cruzarse. Es decir: tenemos de nuevo reunido al cuarteto protagonista de Trainspotting en lo que el autor ha anunciado como «el Grand Finale de la saga».
Renton es ahora un exitoso representante de DJs que viaja por todo el mundo y se topa en un vuelo transatlántico con Begbie, reconvertido en artista de éxito, hombre casado y padre de familia. A los otros dos no les ha ido tan bien en la vida: Sick Boy sigue en lo del negocio de explotación del cuerpo femenino y Spud es una suerte de mendigo profesionalizado que pide dinero por las calles acompañado de su perro. Las cosas empiezan a complicarse con un turbio asunto de tráfico de órganos y riñones donados o robados, a lo que se suma un cadáver y la aparición de algún que otro secundario de lujo como el taxista priápico Terry Lawson, viejo conocido de los lectores fieles de Welsh.
Agatha Raisin regresa a su cottage de los Cotswolds deprimida y apática. Para superar la frustración, intenta distraerse en la Asociación de Damas de Carsely, donde encuentra un encendido debate sobre la propuesta que la recién fundada Compañía de Agua de Anscombe ha hecho al Consejo Parroquial del pueblo para embotellar y comercializar el agua de un manantial local. Sin embargo, la decisión se complica cuando Agatha descubre el cadáver del presidente de la compañía justo debajo de la fuente. Y mientras se desatan todo tipo de especulaciones, la incombustible Agatha acepta el puesto de relaciones públicas de la compañía con la misión de ofrecer una imagen edificante de la empresa y, de paso, aclarar la misteriosa muerte del señor Struthers.
¿Y si el imbécil al que odias fuese también el único hombre al que no logras resistirte?
Travis Anderson es, con toda probabilidad, el tipo más arrogante, bocazas e idiota que conozco. El problema es que también es el hermano del novio de mi mejor amiga. Ahora que Travis está viviendo en casa de Blake, a pesar de mis esfuerzos para evitarlo, acabamos coincidiendo durante un fin de semana. Y el encuentro termina siendo como el choque frontal de dos trenes a toda velocidad: devastador y... catastrófico.
Odio cómo me hace sentir.
Odio la forma en la que mi cuerpo reacciona cuando está cerca.
Y, sobre todo, odio que, a pesar de su impertinente actitud, me estoy empezando a divertir con esta estúpida guerra personal que hemos entablado.
Lo odio con todas mis fuerzas.
Pero, cuanto más descubro de él, más difícil se me hace continuar odiándolo.
La de Bioy Casares es una obra extraordinaria y vigente que, además, ofrece una especie de enigma: esa etapa entre 1929 y 1940 en la que publicó varios libros de los que él mismo prefirió no acordarse. En Memorias, sin embargo, ofrece algunas precisiones al respecto.
En estas páginas habla también de sus primeros perros y caballos, de sus disidencias con el grupo Sur, de su acceso al género fantástico a partir de un espejo veneciano en el cuarto de vestir materno, de su compleja relación con Silvina, de ese folleto sobre el yogur y la leche cuajada que significó el debut de una de las sociedades literarias más destacadas de todos los tiempos con Jorge Luis Borges, de la estancia de los Bioy en Pardo y de un inolvidable hotel que lo motivó a escribir ese particular cóctel que él define con toda naturalidad y terminó por convertirse en uno de los estilos más reconocibles de la literatura argentina: "historias donde conviven animales feroces, que sugieren épocas bárbaras y frívolos turistas de nuestro tiempo".
Las tragedias personales detrás del pasado colonial. Un libro sobre la injusticia y su necesaria reparación.
El 27 de abril de 1973, Liseby Elysé, que entonces tenía veinte años y estaba embarazada de cuatro meses, se subió al barco que zarpaba de la pequeña isla de Peros Banhos, del archipiélago de Chagos, en el océano Índico. Con ella viajaban el resto de los habitantes del lugar, a los que se iba a reubicar en la isla Mauricio. La alternativa era quedarse y morir de inanición. La explicación de ese éxodo forzado está en la Guerra Fría. Por motivos estratégicos, en los años sesenta los americanos decidieron instalar una base militar en el archipiélago, concretamente en la isla de Diego García, y no querían población autóctona en las islas cercanas. El lugar se lo habían ofrecido los británicos, porque era una posesión colonial suya y en 1965 la desgajaron de Mauricio y la convirtieron en el llamado Territorio Británico del Océano Índico.