¿Qué jardines felices, bien regados sus árboles, qué cálices de flores de tierno deshojarse maduran las extrañas, las exquisitas frutas del consuelo, las pródigas, halladas en el pasto de tu propia indigencia? Año tras año, te admira su sazón, la piel suave, su justa medida, que por ti ha esquivado a las aves volubles o, en el fondo, al celoso gusano. ¿Entonces es que hay árboles rondados por los ángeles, cultivo de morosos y extraños jardineros? ¿Entonces nos dan fruto y no nos pertenecen?
Lo que no vi se hará palabra por palabra tímido tremor entre los versos. Lo que no sentí se hará número en la estrofa: el nudo ligero de tus manos el sitio de delicias escondido donde el tobillo ataja el cuerpo el lugar más oscuro de los muslos la dulce dureza de tus nubes. Dos minutos quedan decías de salida Ernesto en las quebradas. Como los primeros fuiste el último sudor, niño, pájaro de vuelta. Buscaré en mi boca, lejos el azoro de tu humedad multiplicante cuando esté seca buscaré, la noche ya llegada la apurada claridad de tu simiente.
Poeta libanés de origen sirio, Adonis (seudónimo de Ali Ahmad Said Esber, 1930) es uno de los principales escritores actuales en lengua árabe. «Éste es mi nombre» es uno de los tres grandes poemas que conforman este libro al que da título. Lo acompañan «Prólogo a la historia de los Reyes de Taifas», a modo de obertura, y «Epitafio para Nueva York» como cierre. Todos ellos, aparte de excelentes piezas poéticas, son fiel reflejo del estilo torrencial y alejado del academicismo del poeta. Si «Éste es mi nombre», está marcado por el desastre de junio de 1967, cuando Israel invadió los territorios palestinos y parte de Egipto, Líbano y Siria, «Epitafio para Nueva York» (en el que se transparenta una detenida lectura de Poeta en Nueva York de García Lorca) establece una dinámica de opuestos al imperialismo estadounidense de los años 1970. Al Nueva York que lo simboliza se oponen los núcleos de resistencia de aquellos años: Palestina y Vietnam. El Estados Unidos de Whitman y Lincoln se opone al de Nixon. A las calles y distritos del poder económico (Wall Street, Quinta Avenida), se enfrentan los barrios marginales (Harlem, Greenwich Village), que el poeta convierte en depositarios y testigos del futuro.