A principios de siglo, G. K. Chesterton se veía envuelto en una (nueva) polémica: la clase intelectual se decía cansada de oírlo criticar las líneas de pensamiento de los demás y no oír nunca la suya. La respuesta no se hizo esperar y en 1908 surgió Ortodoxia, una obra que disecciona la posibilidad de creer. Construida según el principio de un acertijo y su solución, el resultado es un delicioso texto literario, minado de reflexiones agudas, curiosas o divertidas. Este es quizá el mejor y más representativo ensayo de quien fue conocido como Príncipe de las Paradojas.
“In the year 1936 a writer planted roses.” So begins Rebecca Solnit’s new book, a reflection on George Orwell’s passionate gardening and the way that his involvement with plants, particularly flowers, and the natural world illuminates his other commitments as a writer and antifascist, and the intertwined politics of nature and power.
Sparked by her unexpected encounter with the surviving roses he planted in 1936, Solnit’s account of this understudied aspect of Orwell’s life explores his writing and his actions—from going deep into the coal mines of England, fighting in the Spanish Civil War, critiquing Stalin when much of the international left still supported him (and then critiquing that left), to his analysis of the relationship between lies and authoritarianism. Through Solnit’s celebrated ability to draw unexpected connections, readers encounter the photographer Tina Modotti’s roses and her Stalinism, Stalin’s obsession with forcing lemons to grow in impossibly cold conditions, Orwell’s slave-owning ancestors in Jamaica, Jamaica Kincaid’s critique of colonialism and imperialism in the flower garden, and the brutal rose industry in Colombia that supplies the American market. The book draws to a close with a rereading of Nineteen Eighty-Four that completes her portrait of a more hopeful Orwell, as well as a reflection on pleasure, beauty, and joy as acts of resistance.
Un relato íntimo, en primera persona, de la juventud de Andrea Camilleri
Mucho antes de convertirse en el célebre creador del entrañable comisario Salvo Montalbano, el siciliano Andrea Camilleri era un joven lleno de ingenio y anhelos que daba sus primeros pasos en el mundo del teatro. Becado en la Academia de Arte Dramático de Roma, combatía la soledad y la distancia de su familia -y de su tierra natal, Porto Empedocle- mediante una intensa y regular correspondencia, especialmente con su madre.
En estas emotivas cartas, escritas entre 1949 y 1960, se revela el lado más íntimo y desconocido de un autor al que millones de lectores han llegado a amar gracias a sus inolvidables historias. A través de sus palabras, seguimos su itinerario formativo, desde sus titubeantes inicios como estudiante hasta sus primeros escarceos literarios como poeta y crítico.
Con un lenguaje fresco, directo y lleno de vitalidad, Camilleri nos habla de sus pasiones, amistades, ilusiones y decepciones, abriéndonos las puertas de su vida cotidiana: las estrecheces económicas, las elecciones afectivas y el vibrante ambiente teatral romano. También descubrimos la importancia que tuvieron en su trayectoria profesional tres figuras clave del panorama escénico italiano: la relación especial con Orazio Costa y Vittorio Gassman, y la más compleja con Silvio d'Amico, quienes marcaron profundamente su carrera.
Desconocidas hasta ahora para los fieles lectores de Camilleri, estas cartas nos permiten asomarnos a las raíces profundas de su talento y comprender mejor la riqueza de una escritura capaz de crear tramas animadas y personajes memorables. Un testimonio vital y literario de enorme valor que ilumina los años de formación de uno de los narradores más queridos del siglo XX.