Como tantos irlandeses, Mary Mallon había llegado al Nuevo Mundo huyendo de la hambruna que asolaba su país natal. En una Nueva York dispuesta a convertirse en la mayor metrópolis mundial, trabajó noche y día en espacios insalubres, labrándose una merecida fama de cocinera hábil y eficaz que la llevó a servir a algunas de las familias más pudientes de la ciudad. ¿Cómo, entonces, acabó siendo considerada «la mujer más peligrosa de Estados Unidos» y desterrada a un islote apartado de la Gran Manzana?
Los poemas de este libro son compactos, con una alta densidad en su contenido, en la tradición inaugurada por Baudelaire del poema en prosa. Cada texto crea un mundo en sí mismo, repleto de alusiones personales y descripciones de época. Cada poema es un microcosmos que a su vez conforma un universo, un macrocosmos ordenado y bello; igual que la figura del dandi, un dandi muy original en donde cada cosa tiene su lugar, su sentido. «Yo estoy siempre entre la ternura y la rebelión, entre la ternura y la rabia –dice el autor–. El hecho de haber tenido una infancia robada hace que en toda nuestra vida adulta uno trate de sellar, de cauterizar el trauma. La poesía me permitió cicatrizar».
La protagonista de El dedo en la boca se llama Lung L. y no tiene más de veinte años; ha pasado un tiempo en una clínica, le gusta ir en tren y dar paseos en plena naturaleza; parece a la vez cruel y vulnerable; en ocasiones, mientras se chupa el pulgar, una costumbre que no abandona, con la otra mano atrapa en el aire vestigios de la memoria, recuerdos donde se entrecruzan su primo Felix, su padre, una enfermera y personajes cuya presencia puede evocar como en un sueño. A su vez, el joven que protagoniza Las estatuas de agua, llamado Beeklam, se rodea de un criado, de soledad y de estatuas en su sótano de Ámsterdam, pero quizá un día salga a la luz y encuentre su doble en Katrin, una niña que no tiene prisa por llegar a ninguna parte, como si supiera que su vida discurre, en realidad, en otro lugar.