Es difícil encontrar a alguien que te dé trabajo sin preguntar demasiado sobre tu pasado. Así que le agradezco al universo que, milagrosamente, los Garrick me hayan dado empleo limpiando su impresionante ático con vistas a todo Manhattan y preparándoles comidas sofisticadas en su inmensa cocina. Puedo trabajar aquí durante un tiempo, ser discreta hasta conseguir lo que quiero.
Es casi perfecto. Sin embargo, todavía no he conocido a la señora Garrick ni he podido ver lo que hay dentro de la habitación de invitados. Estoy segura de que la oigo llorar. Veo las pequeñas manchas de sangre en el cuello de sus camisones blancos cuando hago la colada. Y, un día, no puedo evitar llamar a su puerta. Cuando esta se abre lentamente, lo que veo lo cambia todo...
En el año 2011, el narrador de esta novela y su familia llegaron, de un modo azaroso, a una vivienda casi en ruinas situada en un pequeño pueblo del sur de España. Un acuerdo con el propietario les permitiría hacer uso de ella mientras el encontraba financiación para construir allí unos apartamentos. Era solo cuestión de tiempo que la casa fuera derribada. Sin embargo, durante los años siguientes, pasaron largos periodos en ella, reparándola con sus propias manos, transformándola en un acogedor lugar de encuentro y celebración.
á Allí recibieron a vecinos y amigos; con ellos compartieron comida, música, trabajo y risa. Allí la familia llegó a convivir con una docena de gallinas, varios caballos y burros, dos perros y algún ratón. Nunca perdieron de vista que terminarían llegando las máquinas excavadoras, lo que convirtió la experiencia en aquella casa en una elocuente metáfora de la vida: nos entregamos a ella aun sabiendo que termina.
En noviembre de 1914, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, Stefan Zweig anotó en sus Diarios: "He tenido que escribir a Romain Rolland, necesitaba desahogarme con un amigo. Aquí nadie me entiende: carecen de la voluntad firme de ser justos". Y precisamente ese elevado sentido de la justicia, así como su fervorosa defensa del pacifismo y de los ideales humanistas, unió al futuro Nobel francés con su más fiel discípulo austríaco. Ambos se pronunciaron públicamente contra la contienda, denunciando en sus cartas las noticias falsas, el odio entre naciones y el egoísmo de los que guardan silencio.
El sports romance en el que no podrás escoger solo a uno.
Tu lectura más spicy de la temporada.
Me llamo Rachel Price, y hace dos meses me alejé del hombre perfecto. Dulce, divertido... y tan sexy que deberían detenerlo. Pasamos una noche inolvidable, sin nombres ni ataduras.
Pensé que jamás volvería a verlo.
Me equivocaba.
Él es el jugador estrella del nuevo equipo de hockey en el que realizaré mi beca como fisioterapeuta. Su mejor amigo, el jefe de equipo más borde del mundo, no deja de estar encima de mí. Y el portero se cree capaz de ocultarme su lesión.
Todo cambia tras una inesperada noche y un secreto que sale a la luz. Los tres miembros del equipo están dispuestos a poner a prueba todos mis límites. No puedo enamorarme de un jugador... y mucho menos de tres.
Si el amor es una competición, ellos juegan para ganar.
La pequeña villa de Dunwich vive aterrorizada por un ser monstruoso y deforme. Pero Wilbur Whateley no sólo tiene un aspecto grotesco, sino que también guarda un oscuro secreto: el Necronomicón, el libro maldito. Si alguien lo descubre y lo usa para invocar las fuerzas del mal que retiene, el mundo conocerá su apocalipsis.
Camilo Cienfuegos fue un carismático revolucionario que se hizo amigo de Fidel Castro cuando empezaron las protestas para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista. Siempre fiel a los ideales de la Revolución, Cienfuegos luchó al lado de Fidel, Raúl y el Che Guevara, y llegó a ganarse la simpatía del pueblo cubano gracias a su humildad y franqueza.
Tras ganar varias batallas, la rivalidad entre Camilo y Fidel se fue acentuando y sus ideales se separaron. Las ideas pacifistas de Camilo le ganaron el afecto de la gente, pero la ambición de Castro por el poder absoluto y una secreta envidia de su fiel amigo lo borrarían de la historia.
Cuando, temeroso de los designios de los Castro, Camilo decidió irse al exilio, un trágico accidente lo hizo desaparecer del mapa. Algunos creen que el avión en el que viajaba de regreso a la Habana, después de atender los últimos encargos de Fidel, fue derribado por un misil. Lo cierto es que no quedaron rastros de él ni de los supuestos testigos del accidente. ¿Algún día se sabrá la verdad?