La legendaria Biblioteca de Alejandría, con sus 700 000 rollos de papiro, fue el orgullo de la dinastía de los Ptolomeos, guardianes del inmenso patrimonio literario, filosófico, científico y religioso griego y egipcio. Su ambición era reunir el saber de todos los pueblos del mundo conocido, un anhelo que, desde entonces, no ha abandonado a la humanidad. Para ello pidieron a los distintos soberanos que enviaran las obras de sus autores más destacados, ordenaron a los copistas que reprodujeran los papiros llegados en la infinidad de barcos que recalaban en Alejandría y tradujeron al griego las obras extranjeras. Lamentablemente, la fama de la mítica biblioteca no se debe solo a su hermoso propósito, sino a su trágica destrucción y a las múltiples leyendas que en torno a ella circulan. ¿Fue en realidad Julio César, en el año 47 a. C., quien la redujo a cenizas? ¿O tal vez el califa Omar, en el año 640, al conquistar la ciudad?
El primer impulso de Mary Shelley que tenía dieciocho años cuando escribió esta obra, fue el de crear una historia aterradora, pero el proceso creativo posterior hizo de esta novela una obra cuyo hilo vertebrador es la profundización y el estudio del alma humana. Frankenstein o el moderno Prometeo, que es el título completo de la novela, nos desvela sus más misteriosos secretos escondidos.
El mundo perdido narra las aventuras de una expedición a una meseta sudamericana en la que supuestamente sobreviven animales prehistóricos. Se publicó en 1912 y presenta al personaje del profesor Challenger. El protagonista, Ed Malone, reportero del Daily Gazette, es enviado para entrevistarse con el profesor Challenger y hablar con él acerca de su presunto descubrimiento de dinosaurios vivos en Sudamérica. Ese hallazgo había sido ridiculizado por la corriente científica principal, pero Challenger convence a Malone de su veracidad y lo invita a una expedición al Amazonas para conseguir más evidencias del asunto.