El origen del libro Misión de la Universidad se halla en una conferencia pronunciada por Ortega el 9 de octubre de 1930 en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid, invitado por la Federación Universitaria Escolar. Como la acústica le impidió desarrollarla íntegramente, decidió publicar las notas preparadas para la conferencia pocos días después, en El Sol, en una serie de siete artículos, entre el 12 de octubre y el 9 de noviembre, con el título que ya mantendría al componerlos en la monografía, publicada en diciembre de ese año por Revista de Occidente. Antepone originalmente a los artículos una dedicatoria a la agrupación estudiantil y las palabras iniciales de su intervención en la Universidad, con título "Temple para la reforma", que incluimos como Anexos a la obra, junto con la parte del manuscrito preparado para la conferencia que es la versión inicial del primer capítulo del libro. Acompañamos su edición con sus ensayos sobre la educación y la pedagogía, escritos entre 1906 y 1953.
os años veinte estuvieron marcados por la momentánea y tensa estabilidad europea de entreguerras, y en España por la dictadura de Primo de Rivera. Ortega respondería ampliamente en el recién fundado periódico "El Sol" al devenir del nuevo régimen durante estos años de su madurez intelectual, especialmente con "Mirabeau o el político", publicado después como libro en Revista de Occidente en 1927, ejemplo del género ensayístico biográfico que desarrolló con epígonos de generaciones históricas cruciales, como Goethe o Velázquez, para problematizar su función como modelos del modo de vida actual. En el caso de la figura del político francés, comienza con la definición de "arquetipo" vital, para ensayar a continuación la consistencia del político.
Acompañamos su edición con los ensayos escritos entre 1920 y 1930 en que interpreta la problemática política a distancia suficiente como para sentar las bases teóricas con que reimpulsar una participación, que ya sucedería en la década siguiente con la Agrupación al Servicio de la República.
La experiencia psicodélica contradice la visión moderna del cosmos. En el pecho del ser humano están todas las estrellas. Muestra un universo radicalmente distinto, afín a cosmologías indígenas, hindúes y budistas. Las consecuencias son tan revolucionarias que, de ser asumidas, transformarían por completo nuestra visión de la realidad. No es extraño que los diversos micropoderes, las prácticas y discursos dominantes que moldean cuerpos y subjetividades, hayan combatido la contracultura psicodélica, impidiendo que se incorpore al sentido común moderno. Las "plantas de los dioses" (Hofmann) permiten una valiosa experiencia estética y espiritual. Este libro, al tiempo que reivindica dicha contracultura, esboza una historia particular de la psicodelia, de la mano de William Blake, Aldous Huxley, María Sabina, Albert Hofmann, Henri Michaux, Terence McKenna y Jeremy Narby. La psique profunda es una terra incognita. Ciertas sustancias permiten visitar ese extraño lugar donde todo brilla con luz propia, desaparecen las restricciones del espacio-tiempo, se liberan las ataduras del lenguaje y lo visual surge de lo sonoro vibrante. Una experiencia no sólo de la mente individual (egoica y sometida a la avidez de las pasiones), sino de una mente extendida en creación perpetua. Una magia no exenta de riesgos.
¿Qué hacer con el pasado? Quizá en ningún otro tiempo hayan competido tantas respuestas a esa difícil pregunta. Ante ella, la obra de Walter Benjamin señala una vía para el pensamiento y para la acción. Leída en confrontación con las de Ernst Jünger, Georges Sorel y Carl Schmitt -referentes mayores de la llamada revolución conservadora-, aparece como la de un revolucionario a contrapelo, un conservador de las tradiciones olvidadas. La memoria de las víctimas, nos dice Benjamin, puede ser nuestra mayor fuerza en la construcción de una política para la humanidad.
Mesopotamia, el país regado por los ríos Tigris y Éufrates, fue la tierra del gran héroe Gilgamesh, el rey de Uruk que no quería morir, y de la torre de Babel, el monumento bíblico de la confusión de lenguas. A pesar de su relevancia histórica como cuna civilizadora, el mundo mesopotámico es un gran desconocido. Solo parece accesible a un minoritario y selecto club, el de los asiriólogos y los arqueólogos orientalistas capaces de descifrar la escritura cuneiforme y de leer los estratos de las viejas colinas de adobe que salpican la antigua geografía de Iraq y de Siria.
Con la finalidad de dar a conocer cuál fue la contribución de los mesopotámicos a la historia de la humanidad, nace la presente obra de Juan Luis Montero Fenollós, que es fruto de su larga experiencia arqueológica en yacimientos de Oriente Próximo. El resultado es un libro en el que el autor explica el verdadero significado histórico y cultural de la antigua Mesopotamia. Y lo hace a través de una cuidada selección de siete grandes áreas temáticas: el agua, la ciudad, la realeza, la justicia, la escritura, la religión y la muerte.
La belleza: ¿un fenómeno natural o cultural? ¿Nacemos con una predisposición hacia lo bello o se nos enseña a apreciarlo? ¿De qué manera nuestras herramientas de representación van orientando e influenciando el gusto? ¿Qué impulsa realmente a la humanidad a modificar su apariencia?
Son algunas de las cuestiones que vertebran este ensayo de Naief Yehya sobre la belleza humana, más en particular la femenina, que parte de la certeza de que la apariencia ocupa un lugar crucial en nuestras vidas y opera como un «campo gravitacional» que distorsiona percepciones y moldea comportamientos. Trazando un arco fascinante desde la prehistoria hasta la era de Instagram, de los primeros pigmentos y ornamentos corporales a la cirugía genética, Yehya demuestra que la tecnología ha sido siempre el mediador clave en la construcción de ideales de belleza: cada época utiliza las herramientas disponibles para moldear el cuerpo y el rostro según sus valores culturales, hasta el punto que el ser humano contemporáneo se ha convertido en un cíborg que fusiona biología y tecnología en una búsqueda incesante de perfección estética. Por su parte, el capitalismo ha mercantilizado sistemáticamente esta búsqueda ancestral de lo bello, creando una industria que se alimenta de la inseguridad para vender la promesa de una felicidad alcanzable a través del consumo.