Hace seis años, un asesino mató al rey Alethi, y ahora está asesinando a los gobernantes de todo Roshar; entre sus principales objetivos es Dalinar. Kaladin está al mando de los guardaespaldas reales, un puesto controvertido por su baja condición, y debe proteger al rey y a Dalinar, mientras que en secreto domina nuevos poderes extraordinarios vinculados a Syl. Shallan tiene la carga de impedir el regreso de Voidbringers y el fin de la desolada civilización que queda. Los Parshendi están convencidos por su líder a arriesgarlo todo en una apuesta desesperada con las fuerzas sobrenaturales que una vez desaparecieron.
Dalinar Kholin desafió al malvado dios Odium a un duelo de campeones en el que se decidirá el futuro de Roshar. Los Caballeros Radiantes solo tienen diez días para prepararse... y la repentina ascensión del taimado e implacable Taravangian al puesto de Odium lo ha sumido todo en una tremenda confusión.
La lucha desesperada prosigue simultáneamente a lo largo y ancho del mundo: Adolin en Azimir, Sigzil y Venli en las Llanuras Quebradas y Jasnah en Ciudad Thaylen. El exasesino Seth deberá purgar Shinovar, su tierra natal, de la oscura influencia de los Deshechos. Lo acompaña Kaladin, que afronta una nueva batalla ayudando a Seth a combatir sus propios demonios... y tendrá que hacer lo mismo con Ishar, el demente Heraldo del Todopoderoso.
Raven es la viva estampa de los bucaneros que surcan los mares del Caribe en busca de presas que alimenten su insaciable codicia. Por eso, cuando descubra que la pirata Darksee está buscando el tesoro perdido de Chichen Itzá, tratará de anticiparse a ella, embarcándose en una modalidad muy arriesgada del juego del gato y del ratón. El historietista Mathieu Lauffray (Long John Silver) regresa por todo lo alto para trasladarnos al siglo XVII en una emocionante historia de piratas repleta de acción, traiciones y situaciones límite a las que solo un verdadero pirata podría sobrevivir.
Antes de que le cesen por su oposición a un proyecto apoyado por la emperatriz Eugenia de Montijo, Eugène Rougon presenta su dimisión como presidente del Consejo de Estado. Conserva su cargo de senador, pero su influencia se resiente considerablemente, para decepción de sus amigos –a los que se les llama «la banda»–, que dependían de él para obtener toda clase de prebendas. Entre ellos destaca Clorinde Balbi, hija de una oscura condesa italiana, más dispuesta que nadie a que Rougon recupere el favor del emperador Luis Napoleón III; no son amantes, él no quiere casarse con ella (de hecho cada uno se casa por su lado), pero entre los dos hay una constante tensión erótica que nunca se sabe cómo se va a resolver.
Se publica aquí una amplia selección de las cartas de Lev Tolstói, de gran relevancia en el conjunto de la obra de nuestro escritor. De las más de diez mil conservadas, Selma Ancira ha seleccionado, traducido y anotado minuciosamente las más significativas. Se incluyen varias de las cartas de amor que Tolstói escribió a Valeria Arsénieva y más tarde a su esposa Sofia Bers; aquellas en las que el escritor en ciernes describe sus impresiones como voluntario en la guerra del Cáucaso y en la de Crimea; las que nos hablan de sus viajes a Europa y sus inquietudes pedagógicas; las que nos informan sobre su debut en el mundo de las letras y los grandes momentos que vivió durante y después de la publicación de Guerra y paz y Anna Karénina. No falta la historia de su tormentosa amistad con Iván Turguéniev, la correspondencia dirigida a Rainer Maria Rilke, Romain Rolland, Bernard Shaw, Ivan Bunin, Máxim Gorki, Gandhi o Strájov, así como la célebre epístola al zar Nicolás II.
Mientras se iban publicando los relatos reunidos en el segundo volumen de estos Cuentos completos, entre 1909 y 1937, Edith Wharton se adentrará en el siglo xx, en el que vivirá las fracturas sociales del nacimiento del siglo, el conflicto de la I Guerra Mundial en primera persona, el periodo de entreguerras y el Crack del 29. Son los cuentos que aparecieron antes y después de su novela universal, La edad de la inocencia (Premio Pulitzer en 1921). Son sus décadas de mayor esplendor literario, donde su prosa alcanzó las mayores cotas de calidad y sus cuentos reflejaron como pocos el advenimiento de un nuevo mundo y una nueva sensibilidad.
1984 se erigió en uno de mis libros predilectos [...] la novela describe la vigilancia permanente, la imposibilidad de hablar abiertamente con nadie, la acechante y ominosa figura del Gran Hermano, la necesidad del régimen de contar con enemigos y guerras (por ficticios que sean) que se utilizan para aterrorizar a la gente y unirla en el odio, los eslóganes ofuscadores, las distorsiones del lenguaje, la destrucción de lo que en verdad ha ocurrido arrojando hasta el menor rastro por un «agujero del recuerdo»…; todo ello me impresionó. Permítanme reformular esto último: me lanzó a un agujero de terror.
¿Quién escribió Sentido y sensibilidad? ¿Lo hizo Jane Austen, una dama, a secas, sin nombre ni apellido, una dama sumamente culta y aguda que sabe bien cómo vive la aristocracia terrateniente, que conoce los rituales de la burguesía londinense, a quien le consta hasta qué punto el mundo es inestable y cómo todo cambia a despecho del sentido y en el tumulto de la sensibilidad?
Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1926-Ciudad de México, 1999), hijo de libanés y mexicana, fue el menor de tres hermanos. Desde sus primeros escritos procuró evadirse de las frivolidades y de los éxitos fáciles, de las apariencias impostadas, de las declamaciones pomposas y huecas; pretendía ser un poeta que contara los incidentes que rodean y se encuentran en las propias realidades, sus propias experiencias, sus vivencias internas o externas, sus más cercanas circunstancias existenciales. A lo largo de su vida, rechazó, desde su mocedad, a la burocracia y el periodismo como modus vivendi: prefirió vender ropa en Tuxtla o fabricar alimentos para ganado. Más tarde combinó la escritura con empleos como comerciante y político. Durante sus últimos años un accidente lo mantuvo postrado en cama y víctima de una innumerable serie de intervenciones quirúrgicas.