En Londres, un joven inglés llamado Aubrey conoce de forma casual a Lord Ruthven, un misterioso noble de origen incierto que lo invita a viajar con él por Europa, a lo que el muchacho accede encantado. Pero a medida que vayan pasando los días el joven Aubrey irá descubriendo todo tipo de comportamientos extraños en la personalidad de Lord Ruthven y más adelante tendrá una revelación de lo más espeluznante sobre la auténtica naturaleza de su amigo.
Inspirándose en la figura de Lord Byron, John Polidori creó un nuevo modelo de vampiro: aristocrático, seductor y absolutamente despiadado.
Emma Woodhouse es la joven más influyente del apacible pueblo de Highbury, donde vive con su padre. Por su condición de rica
heredera, está firmemente decidida a no casarse nunca, aunque se divierte ejerciendo de casamentera entre su círculo de amigos y conocidos. Esa afición provoca una serie de malentendidos y situaciones embarazosas que convierten esta obra en un excelente retrato de la Inglaterra rural del siglo XIX, así como en una divertida comedia de enredo amoroso que, dos siglos después de su aparición, sigue deleitando a los lectores.
Emma Woodhouse no es la típica heroína de Jane Austen: no es dependiente, no tiene un status y una economía precarios, y no necesita, para asegurar su futuro, cazar marido. Al contrario, es una joven «inteligente, bella y rica», que no aspira al matrimonio y que rige como por derecho natural los destinos de la pequeña comunidad de Highbury. Emma (1816) es una fulgurante comedia de equívocos, llena de ocultaciones, intrigas y errores que muchas veces ins*piran vergüenza ajena, pero en la que el sentido del ridículo sirve como vehículo para el acierto, la franqueza y la sensatez. Esta traducción de Sergio Pitol se acompaña con las célebres ilustraciones de Hugh Thomson para la edición de 1896.
En busca del tiempo perdido, el joven narrador sigue persiguiendo, sin encontrarla, su «vocación invisible» de escritor: «Le resulta a usted más entretenido no hacer nada», le dice su amigo Saint-Loup. Aunque va acumulando nuevas decepciones, lo encontramos más templado, algo menos introspectivo. Su gran iniciación es ahora en la antiquísima aristocracia del Faubourg Saint-Germain, un mundo tan jerarquizado y con tantas capas que moverse por ellas exige la pericia de un malabarista: el temor a no estar a la altura en una cena, las rivalidades y deseos de emulación entre familias y salones, los ingenios y los desprecios componen un cuadro de ansiedad social que despierta tanta admiración como burla. Vuelven a aparecer los temas del amor como «creación ficticia» y de las ambiguas conexiones entre sensibilidad y memoria, pero esta vez en un marco histórico determinado por el furor antisemita que produjo el caso Dreyfus. Gracias a él muchos advenedizos pertenecientes a «la Liga de la Patria Francesa y no sé qué más» consiguen colarse en los altos estamentos, «como si una opinión política fuera una calificación social»; y por culpa de él se pelean entre sí los mayordomos de distintas casas, que tienen una forma de pensar tan compleja como la de sus señores. El temible cronista de sociedad que siempre fue Proust despliega aquí la herencia balzaquiana en todo su esplendor e impregna incluso la representación compasiva de la intimidad y el dolor.
Proust fue uno de los primeros novelistas en tratar por extenso la homosexualidad de hombres y mujeres y considerarla parte de la vida humana, donde en su tiempo se desplegaba secretamente en una duplicidad a la vez psicológica y social. Gran parte de Sodoma y Gomorra (1921-1922) gira en torno al barón de Charlus, ignorante de que sus inclinaciones son un secreto a voces, pero que deslumbra con su linaje, que se remonta a los principios de la historia de Francia, a los jóvenes «inferiores» con los que se relaciona y le causan no pocos disgustos. Pero gira también en torno a Balbec y a Albertine, al «andar persiguiendo fantasmas» de un narrador que avanza en «el camino funesto y destinado a resultar doloroso del Saber». En La prisionera (publicada póstumamente en 1923), el narrador se lleva a Albertine a vivir a su casa en París y la vigila constantemente, buscando en las frases más insignificantes, en los silencios, en las contradicciones, indicios de que le es, ha sido o será infiel.
Hasta el final de su vida, y durante más de diez años, Publio Virgilio Marón (70-19 a.C.) estuvo dedicado a la composición de la Eneida, unánimemente reconocida como el más perfecto exponente del clasicismo romano. Virgilio pretendió con ella ofrecer al público romano la gran epopeya de sus orígenes, que sirviera al tiempo como justificación y exaltación del nuevo régimen impuesto por el emperador Augusto. El resultado sería esta magistral combinación entre el pasado legendario de Roma y su historia reciente.