En el poemario Ladran los huesos de Virgilio López Azuán hasta los huesos ladran, los sapos se asustan de los búhos, las escopetas disparan plumas y un verso puede tapar el sol. Se trata de una poesía que lo arrastra todo, los mundos humanos y los que se perciben más allá de la exposición de la imagen, de esa imagen creadora. Una realidad a veces popular y a veces estilizada.
A las dos semanas llegó a Nueva York. ¡Y qué maravilla, mano! Las luces adornaban la ciudad. Quedó deslumbrado. Los edificios se veían como millones de estrellas en la tierra. Estrellas por arriba. Estrellas por abajo. Ahí mismo, en ese instante, comenzó su embriaguez. Él, que venía de un lugar donde era un lujo tener electricidad cuatro horas diarias. Él, que procedía de un país donde había un faro grande, grande anunciando que allí vivía gente ciega. Ahora veía acercarse más y más una ciudad que nunca quiso imaginar maravillosa. Nueva York donde, según cuentan las malas lenguas, cualquiera puede comprar, usar y vender drogas con tanta o más facildad que si estuvieran vendiendo azúcar...