De hija a madre, de madre a hija recoge dos de las piezas más logradas y emotivas de la obra de Carmen Martín Gaite: un sueño con su madre, María Gaite Veloso, y una evocación de su hija, Marta Sánchez Martín. Ambos textos, de difícil clasificación genérica, están datados en fechas muy próximas al fallecimiento de las dos mujeres más importantes en la vida de la escritora.
La aleación entre lo personal y el artefacto literario se sostiene con un particular pulso narrativo ante el temblor en estos dos textos dispersos, poco conocidos y que rescatamos en un volumen único, ya que en ellos convive en perfecta sintonía la dimensión de hija y madre, la experiencia del vínculo y la pérdida, el diario íntimo y la ficción, la realidad y el sonambulismo. «De su ventana a la mía» y «El otoño de Poughkeepsie» quizá sean los títulos más relevantes en su producción literaria de cómo la intimidad en bruto no se entiende si no se destila con el filtro del sueño o la fabulación: «No se dice lo secreto, se cuenta».
¿Por qué son tan fascinantes las montañas? Antaño temidas como horribles moles de piedra, son consideradas desde la época de Rousseau como un lugar de alivio y serenidad, en contraste con las degeneradas ciudades, y despiertan una atracción que no decae. Hijo de la nieve y los abetos, criado en Austria y Suiza, el autor tiene también una relación muy especial con el tema: cuanto más alto sube, más cercano es el reencuentro con su juventud. De modo que este libro es, en realidad, una especie de autobiografía sensorial en la que todo contribuye al recuerdo del pasado.
Escalar significa oxigenar el espíritu, volver a conectar alma y cuerpo en un único bucle, un ejercicio de amistad que une a los compañeros de cordada… Pero, ¿por qué subir a la cima si solo es para volver a bajar, por qué el dolor de ascender se convierte en placer, por qué lo absurdo de esta práctica hace que lo absurdo de la existencia parezca trivial, qué metafísica de lo absoluto está aquí en juego; qué desafío al tiempo, al envejecimiento, al pánico y al peligro? ¿Queda espacio para una ontología del heroísmo en nuestros tiempos postheroicos?
Con un estilo resplandeciente y sensual, este ensayo es un compendio de cosas vistas y leídas, de literatura y filosofía, de los rituales de una práctica apasionada y de preguntas sobre la destrucción de nuestro ecosistema; el crepúsculo de una forma de entender la aventura y, en último extremo, el sentido de la vida.
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Probablemente De la genealogía de la moral sea uno de los libros más leídos de Nietzsche. Desde una perspectiva académica es una opción cómoda; se toma, en cualquier caso, como un breviario del pensamiento de Nietzsche. La cosa, sin embargo, no es tan simple: Nietzsche entiende que la moral no es algo dado, sino el fruto de un largo desarrollo histórico, el resultado de fuerzas y contrafuerzas en buena medida ciegas. De ahí el que, al plantearse la crítica de la moral del momento, considere imprescindible tantear de dónde viene, hija de quiénes es. Ese tanteo siempre tentativo da lugar a muchas cuestiones. De la genealogía de la moral trata de iluminar tres de ellas: el origen de la distinción bien/mal; el de la mala conciencia característica de nuestra moral cristiana; y el del ascetismo que subyace a nuestra cultura. Quedan otras..., entre ellas la más esencial, acerca del instinto gregario.
Entrar en el pensamiento de John Stuart Mill es sumergirnos en el utilitarismo en su esplendor, concebido como herramienta para resolver los asuntos de la vida cotidiana. Así, en este ensayo cumbre dentro del conjunto de su obra, Mill no nos habla de ética, sino de sociedad y civismo, de cómo la libertad individual debe constreñirse al interés colectivo y social. Y nos muestra la importancia de someter a escrutinio todas las cuestiones, incluso aquellas que creemos irrefutables. Porque no se trata de trabajar por un mundo perfecto, sino por uno mejor.
En gran parte de la obra ciceroniana se advierte la huella del estoicismo antiguo. Así ocurre, por ejemplo, en este tratado sobre la vejez, atravesado por la idea
de que «lo natural es bueno». En De senectute, el viejo Catón toma la palabra para rebatir los achaques que comúnmente se atribuyen a la edad, con una idea muy clara: cómo hayamos actuado de jóvenes marca lo que nos espera en la ancianidad. Si hemos sembrado bien en nuestra primavera, la última estación de la vida servirá para disfrutar recolectando.
¿Qué es la experiencia? ¿Cómo se constituye? Una aproximación común a estas preguntas supone que el entendimiento es algo que emerge de la percepción sensorial. Luis Miguel Isava retoma estas interrogantes y desarrolla una propuesta muy distinta: la experiencia no se produce como resultado del percibir, entendido como acto originario y no mediado, sino que tiene lugar a partir de ciertas condiciones específicas de posibilidad. Para Isava este requisito funciona efectivamente como un protocolo: un sistema de criterios formales, sujetos a contingencias históricas y culturales, que efectivamente organizan y le otorgan sentido a lo percibido y así lo “sancionan” como experiencia. Estos protocolos que hacen posible la experiencia están arraigados tan profundamente que pueden resultarnos invisibles y “naturales”, pero en realidad son cambiantes. Distintas culturas, en distintos momentos históricos, fundan cada una sus experiencias en base a protocolos diferentes. Esto puede resultar evidente al momento de considerar los procesos de encuentro entre culturas disímiles que han ocurrido a lo largo de la historia. Sin embargo, Isava se enfoca en un problema menos obvio y más sugerente: ¿qué ocurre cuando en el seno de una misma cultura aparecen objetos que, bajo los protocolos vigentes, no pueden ser asimilables como experiencia? Esta posibilidad, nos muestra Isava, podemos hallarla en el arte, o más exactamente, en lo que él denomina los “artefactos culturales” de la modernidad. A partir de ejemplos concretos tomados de la poesía, la pintura, el cine y la música, Isava muestra cómo el arte puede suscitar momentos extraños, reflexivos o críticos que, al enfrentarse con los protocolos de la experiencia ya establecidos, pueden generar nuevas formas de hacer mundo y, en consecuencia, nuevas posibilidades de habitarlo.