A medida que el ascenso de Hitler hacía inevitable la Segunda Guerra Mundial, una red clandestina inundó Estados Unidos con desinformación destinada a debilitar su esfuerzo bélico y persuadir a los estadounidenses de que su alianza natural era con los nazis. Se trató de una campaña sofisticada y sorprendentemente bien financiada para socavar las instituciones democráticas, promover el antisemitismo y destruir la confianza ciudadana en sus líderes electos, con el objetivo final de derrocar al Gobierno estadounidense e instaurar un régimen autoritario. Algunos de los funcionarios electos más influyentes del país, incluyendo senadores y miembros del Congreso, trabajaron para difundir argumentos nazis, mientras que paramilitares fascistas almacenaban bombas y armas preparándose para una insurrección violenta. Precuela desentierra la historia olvidada de estos insurrectos, así como los heroicos esfuerzos de periodistas, fiscales y ciudadanos comunes que intentaron exponer su complot y llevarlos ante la justicia. Profundamente investigada, la historia de cómo se evitó la crisis es también un relato muy relevante para nuestros propios tiempos inquietantes.
¿Qué fue de los líderes nazis que acompañaron a Hitler?
Rommel, Goebbels, Göring, Himmler, Hess… Los líderes nazis que prefirieron seguir el final de Hitler
El suicidio como «solución final» para la élite nazi del Tercer Reich es un fenómeno poco estudiado que Philippe Valode analiza en este libro a partir de seis casos ejemplares: los de Rommel, Hitler, Goebbels, Himmler, Hess y Göring.
Son casos paradigmáticos que arrojan luz sobre otros muchos, los de miles de administradores territoriales, funcionarios, profesionales de todo tipo o industriales comprometidos, oficiales o trabajadores de los campos de concentración que, al término de la guerra, también prefirieron morir.
La prueba principal de la existencia de Dios, yace en el he-
cho de que, nada sucede a no ser que algo lo cause, así mismo,
los bizcochos no desaparecen del envase, a menos que los dedos
de alguien se los lleven, y un nogal no brota del suelo, si antes
no cayó allí una nuez. Los fi lósofos enuncian este principio,
diciendo que “cada efecto debe tener una causa”.