Una conversación extraordinaria entre dos amigos liberales ―augusto y polichinela del debate público español― que reflexionan juntos sobre el estado del mundo hoy.
La inevitable imperfección del mundo, el malestar generalizado, la indignación, la crisis de la democracia, la teoría de la conspiración y la teoría de la chapuza, la importancia de la dignidad del individuo, la difícil gestión del fastidio de existir… Javier Gomá y Pedro Vallín, dos personas de tan diferentes formación y ocupación, que se desempeñan en dos ámbitos de la escritura tan distantes y que manejan estilos de comunicación pública tan dispares, decidieron un día mantener una serie de charlas sobre las aristas del presente.
Verdades penúltimas es la literaturización de sus encuentros reales, la comedia ligera de una conversación escrita a cuatro manos en la terraza de un bar, desayunando en un Café o tomando unas cervezas en un elegante salón. Las cinco partes de este breve volumen resumen su mirada, proyectada desde ámbitos muy distintos de la experiencia del mundo, pero convergente, sobre un tiempo y un estado de las cosas claramente percibidos como peores de lo que son.
En pocas décadas, la humanidad ha experimentado una revolución en sus hábitos ancestrales. Sin que nos demos cuenta, nuestra especie ha pasado de habitar cada rincón de la Tierra, inmersa en la naturaleza, a vivir en una parte verdaderamente ínfima de las tierras emergidas del planeta: la ciudad. Una revolución sólo comparable a la transición de cazadores-recolectores a agricultores que se produjo hace 12.000 años. Es cierto que en términos de acceso a los recursos, eficiencia, defensa y difusión de las especies esta transformación es ventajosa. Pero también nos expone a un riesgo terrible. Nuestro éxito urbano requiere, de hecho, un flujo continuo y exponencialmente creciente de recursos y energía, que sin embargo no son ilimitados. Además, el calentamiento global puede cambiar definitivamente el entorno de nuestras ciudades y constituir precisamente esa mutación fatal de las condiciones de las que depende nuestra supervivencia. Por eso se ha vuelto vital devolver la naturaleza a nuestro hábitat. Las ciudades del futuro, ya sean construidas desde cero o renovadas, deben transformarse en fitópolis, lugares donde la relación entre plantas y animales se acerque a la relación armoniosa que encontramos en la naturaleza. No hay nada de mayor importancia que esto para el futuro de la humanidad.
Espacios mágicos y rituales, laboratorios de la cultura y de la tecnica, los pasajes permiten pensar el gran texto urbano desde sus notas a pie de página. En Barcelona hay cerca de cuatrocientos. Algunos son caminos que conducen a un pasado rural; otros, pasadizos proletarios o callejones de chabolas que hablan de la metrópolis fabril y del franquismo; los más famosos tienen forma de intersecciones ajardinadas y de galerías burguesas del siglo XIX; los más recientes están en polígonos industriales o acogen casas con piscina y restaurantes para turistas.