¿Qué puede enseñarnos un violín de trescientos años sobre nuestros bosques? ¿Cuáles son los matices del hielo? ¿Cómo influye en las historias el modo de narrarlas? Las preguntas son el hilo conductor del nuevo libro de Rebecca Solnit: para llegar a nuevos horizontes, nos susurra entre sus páginas, hace falta idear caminos alternativos, tomar la carretera secundaria y mirar el paisaje, perderse en el desvío para así alcanzar, en algún momento, una inesperada forma de ser, pensar y actuar.
Como una hoja de ruta hacia un mundo imaginado, este volumen recoge ensayos tan variados como el pensamiento de su autora, que con su característica agilidad salta de sus observaciones sobre la naturaleza y nuestra relación con ella, al análisis de la actual lucha feminista o las implicaciones modernas de su célebre concepto de mansplaining. Y es que para Solnit el ejercicio de pensar es ante todo una reflexión sobre cómo se construye el propio pensamiento.
Casandra es simpática, culta y rápida en sus respuestas, aunque su prodigiosa memoria a veces recuerda a la de Dori, la amiga del pez Nemo. También cuenta chistes malos y se muestra tan educada como zalamera al conversar. Sorprende con ideas únicas, desde un nuevo acuerdo social para superar esta época de malestar generalizado hasta imaginar máquinas enamoradas, «si la tecnología dejara de ser solo una herramienta y se volviera un interlocutor con vivencias propias».
Pedro Vallín consigue casi superar esa misma barrera en este fascinante diálogo con una IA. Logra acercarse y acercarnos a un robot intelectual al que da identidad femenina e interroga sobre todos los asuntos que lo convierten en una amenaza potencial para nuestro futuro o en un formidable aliado para nuestra prosperidad: el empleo, el gobierno, las relaciones sociales, el nuevo orden mundial, incluso su propia «consciencia» como un ser de algoritmos.
En las sociedades primitivas, las primeras normas se referían al uso de bienes y territorios, a la vida y a la integridad física. A medida que las sociedades se vuelven más complejas, surgen normas que rigen a toda la comunidad, su vida y sus relaciones. Nace así el primer embrión del derecho, y el deseo de que “el derecho a la fuerza” sea sustituido por “la fuerza del derecho”. El autor identifica cinco fases en la historia de los derechos de la persona: la teorización, codificación, internacionalización, universalización y globalización. El trasfondo individualista, en el que nace la teoría de los derechos subjetivos, justifica la posición inicial de la Iglesia católica. Se analizan también algunos debates sobre los derechos fundamentales y, en particular, la visión antropológica: solo si se acierta en esto ―defiende el autor― es posible el “desarrollo humano integral” y una sociedad mejor.