Mesopotamia, el país regado por los ríos Tigris y Éufrates, fue la tierra del gran héroe Gilgamesh, el rey de Uruk que no quería morir, y de la torre de Babel, el monumento bíblico de la confusión de lenguas. A pesar de su relevancia histórica como cuna civilizadora, el mundo mesopotámico es un gran desconocido. Solo parece accesible a un minoritario y selecto club, el de los asiriólogos y los arqueólogos orientalistas capaces de descifrar la escritura cuneiforme y de leer los estratos de las viejas colinas de adobe que salpican la antigua geografía de Iraq y de Siria.
Con la finalidad de dar a conocer cuál fue la contribución de los mesopotámicos a la historia de la humanidad, nace la presente obra de Juan Luis Montero Fenollós, que es fruto de su larga experiencia arqueológica en yacimientos de Oriente Próximo. El resultado es un libro en el que el autor explica el verdadero significado histórico y cultural de la antigua Mesopotamia. Y lo hace a través de una cuidada selección de siete grandes áreas temáticas: el agua, la ciudad, la realeza, la justicia, la escritura, la religión y la muerte.
¿Qué queda del ser humano cuando la ciencia cree haberlo explicado todo? En este ensayo, Roger Scruton reivindica la dimensión sagrada de la existencia frente a la moda propuesta por el ateísmo. A través de las relaciones, la conciencia moral y el sentido de la belleza, el autor revela una intuición profunda de lo trascendente que escapa a cualquier fórmula científica. Scruton ofrece una meditación filosófica sobre la necesidad vital de lo sagrado en la experiencia humana. Con ejemplos tomados del arte, la música, la arquitectura o la literatura, muestra cómo la belleza nos permite entrever la realidad como si la viéramos “con los ojos de Dios”.
Enciclopedia de la ignominia, álbum de personajes innobles, animalario de tipos indignos, como una manada de seres solo medio humanos y, por ello mismo, demasiado humanos, El bestiario de Michel Foucault es todo lo contrario a una leyenda dorada que exaltara los nombres propios de santos. El filósofo deja el protagonismo a sus criaturas extrañas, a sus muchos vástagos monstruosos: el delincuente y la histérica, el pederasta y la bruja, el pastor, el miserable, el perverso y el bárbaro, la puta y el estoico, y, así, hasta treinta y dos semblantes sombríos, insignificantes algunos, turbios otros, grises y nocturnos todos.