UN VIVO FRESCO HISTÓRICO SOBRE LA VIDA DE LOS CIUDADANOS DE UN IMPERIO.
A principios del siglo II d. C., Roma era el centro del mundo occidental. Allí eran evidentes el esplendor, el lujo y la belleza, pero también los aspectos más desagradables de la vida en una gran urbe. En esta gran obra, que marcó un antes y un después en los estudios latinistas, Jérôme Carcopino consigue trasladarnos a la Ciudad Eterna para vivir una jornada habitual y conocer, por un lado, a sus gentes, sus olores, sus sonidos y sus espacios familiares; y, por otro, su empleo del tiempo, tanto funcional como de ocio.
Para esta lúcida y apasionada reconstrucción de un momento histórico, Carcopino se apoya en autores clásicos de la época, como Petronio, Juvenal, Marcial o Plinio el Joven, además de infinidad de inscripciones arqueológicas y textos de todo tipo escritos entre los siglos I y II. El resultado es uno de los retratos más realistas que se han hecho de Roma.
ESTE LIBRO NO ES UN ENSAYO, NI UNA CRÓNICA: ES UNA BÚSQUEDA. UNA LLAMADA.
Algunas palabras no existen solo para decirlas: las más hondas se invocan. España pertenece a esa estirpe solemne. Pronunciar ese nombre es despertar siglos de coraje, de ruinas y resurrección, de gestas olvidadas, de llamas que aún arden.
En estas páginas no buscamos la España que discute en los telediarios, sino la que resistió en Numancia y resplandeció en los claustros; la que cruzó mares llevando consigo audacia, esperanza y eternidad. En busca de España es un canto a lo que fuimos, lo que somos y lo que aún podemos ser. Es memoria y destino, una herencia que nos compromete. España aún vive. Late en estas páginas como un espejo para aquel lector que se atreva a mirarse, a descubrirse y a recordarla.
En 1966, en plena Guerra Fría, la historiadora Sheila Fitzpatrick, por entonces una estudiante de doctorado en Oxford, se instala en Moscú para consultar archivos oficiales nunca antes explorados. Tiene 25 años, es tímida y no domina el idioma. Pero la impulsan una avidez intelectual inquebrantable y una incapacidad temperamental para ver las cosas en blanco y negro.
Pasa las primeras semanas casi sin hablar con nadie, caminando. No le interesa entrar en contacto con jóvenes fascinados por los productos de consumo occidentales, ni con poetas o artistas disidentes, ni con opositores del gobierno. Quiere conocer a los rusos que no buscan a los extranjeros, saber cómo viven y qué piensan. Y eso hace durante tres años de aprendizaje intenso. En ese universo de sospechas y trampas cruzadas en que la KGB puede acusar de espía a cualquiera, sobre todo a estudiantes como ella, Fitzpatrick sostiene una posición incómoda: se opone a sus profesores ingleses que ven a la URSS como un régimen totalitario y represivo sin fisuras, también a los militantes que todavía creen en la utopía socialista.