Aunque en España el género biográfico ha tenido una larga tradición, hasta hace poco obedecía a un impulso hagiográfico y épico-nacionalista. La aparición de la colección Españoles Eminentes, de la mano de la Fundación March y la editorial Taurus, fue una apuesta por la referencialidad y la excelencia, que se propone explicar los valores trascendentes aportados por cada personaje presuntamente ilustre en nuestro pasado. La idea era que el discurso ideológico y moralista diera paso al funcionalismo en la lectura de los grandes personajes y reivindicar la complejidad de los ejemplos que se evocan, lo cual no quiere decir forzosamente "reproducir".
En 1966, en plena Guerra Fría, la historiadora Sheila Fitzpatrick, por entonces una estudiante de doctorado en Oxford, se instala en Moscú para consultar archivos oficiales nunca antes explorados. Tiene 25 años, es tímida y no domina el idioma. Pero la impulsan una avidez intelectual inquebrantable y una incapacidad temperamental para ver las cosas en blanco y negro.
Pasa las primeras semanas casi sin hablar con nadie, caminando. No le interesa entrar en contacto con jóvenes fascinados por los productos de consumo occidentales, ni con poetas o artistas disidentes, ni con opositores del gobierno. Quiere conocer a los rusos que no buscan a los extranjeros, saber cómo viven y qué piensan. Y eso hace durante tres años de aprendizaje intenso. En ese universo de sospechas y trampas cruzadas en que la KGB puede acusar de espía a cualquiera, sobre todo a estudiantes como ella, Fitzpatrick sostiene una posición incómoda: se opone a sus profesores ingleses que ven a la URSS como un régimen totalitario y represivo sin fisuras, también a los militantes que todavía creen en la utopía socialista.
Hitler es, sin duda, el personaje más dramáticamente influyente del siglo xx; en buena medida, a partir de su azaroso ascenso al poder en enero de 1933, trazó un nuevo rumbo para la historia no sólo de Alemania o Europa, sino del mundo entero. Y, sin embargo, nos dice Ashby Turner en esta obra, la cadena de hechos y circunstancias que lo llevaron a ser canciller podrá haberse evitado, Porque, en ese año de 1933, Hitler no era un hombre fuerte en el panorama político alemán, sino el líder de un partido en clara decadencia; no conquistó el poder, se limitó a jugar con astucia las cartas que otros repartían, y no se convirtió en canciller como resultado de unas elecciones, sino aprovechándose de los errores, la desidia y las pugnas de quienes estaban en condiciones de evitarlo.
El relato de estos hechos es lo que nos encontramos en A treinta días del poder. De manera minuciosa y sorprendente, Ashby analiza lo que sucedió ese mes de enero del 33; cómo Hitler alcanzó una cancillería que, en principio, no le correspondía, en un relato que logra transmitir toda la tensión y el dramatismo de unos días cruciales para la humanidad.