La asombrosa historia de un niño judío que sobrevivió a los nazis escondido en los bosques de Polonia.
Maxwell Smart tenía solo once años cuando toda su familia fue asesinada. Huyó al bosque, cavó un hoyo para refugiarse y buscó comida en las granjas cercanas para sobrevivir. Con la ropa hecha harapos y la borde de la inanición, escapó repetidamente de la muerte a manos de los nazis. Después de meses en soledad, Maxwell se encontró con otro niño, Janek, quien al igual que Maxwell, era huérfano, y pronto se hicieron amigos. Un día, los niños descubrieron a una bebé, aún viva, en los brazos de su madre muerta.
La épica historia de Maxwell nos muestra cómo un célebre pintor emergió de la brutalidad de la guerra para ofrecer al mundo obras preciosas, en contraste con los horrores de su sufrimiento. El niño del bosque es un documento histórico notable sobre una época atroz que nunca deberíamos olvidar.
Rüdiger Safranski nos presenta a Kafka ante la tarea de escribir y se acerca así al secreto de unos textos que presagiaron en gran medida la condición humana de nuestro tiempo. En las cartas y otros documentos del genial autor, Safranski descubre los momentos de felicidad que Kafka experimentaba ante su escritorio, y también aquellos instantes en los que el mundo se le aparecía como completamente extraño y ajeno. A partir de semejantes experiencias en el límite, las obras de Kafka se entienden entonces con una fuerza insólita. Kafka, de Safranski, nos conduce de forma magistral al centro de una obra literaria que se cuenta entre las cimas de la literatura universal. Para el autor de El proceso o El castillo, escribir fue la existencia misma; la escritura significaba para él mucho más que realizar una obra perfecta, pues solo en aquella encontraba Kafka un refugio ante la culpa y las miserias del mundo.
Este libro, nos dice su autor, es fruto de largos años de reflexión en torno a «líneas de pensamiento y experimentación poco habituales». Para él, la fuente es la imagen que mejor representa el misterio de la vida; en arquitectura, los rascacielos serían las fuentes heladas que han ido brotando en las ciudades. La forma, como afirmaba Sullivan, ha de ser siempre fiel a la función, pero, según Bragdon, la función debe expresar y determinar a la vez el significado mismo de la forma, como ocurre en los organismos naturales. Por tanto, la arquitectura ha de ser orgánica y estética, no en el sentido de «acorde con el buen gusto», sino en el más profundo de belleza.