Esta es la historia de un club fundado en París en 1972, un club de Fanáticos de Borges, único en su género, cuyos miembros ni eran lo que creían ser, ni estaban donde pretendían estar. ¿Por qué razón? Pues muy sencillo: porque leer a Jorge Luis Borges significa ponerse los anteojos que él nos presta para que lo leamos como él quiere que lo leamos, obligándonos a perdernos irremediablemente en lo que él es, en lo que él piensa, en lo que él VE. Esta es la historia novelada de dichao extravío, el del autor de este libro, a caballo entre el relato falsamente autobiográfico, el ensayo chapucero y la invención atolondrada, aplicando así los preceptos enunciados en su día por Macedonio Fernández en su Museo de la Novela de la Eterna, de un texto frangollo (chapuza) que dé decididamente la espalda a la descortesía suprema con el lector, la del libro vacuo y perfecto.
Michel Houellebecq se ha ganado una reputación diabólica como agente provocador, pero lo cierto es que produce un deslumbramiento literario como muy pocos han conseguido en los últimos tiempos. Afrontar la obra de este autor descomunal -de los mejores de la literatura francesa de todos los tiempos, y eso es mucho decir- desde su imagen pública o desde los prejuicios personales de cada uno es otro error que se comete con demasiada facilidad. Muchos se aproximan a la obra de Houellebecq sin comprenderla. Sin entender que el planteamiento general del escritor francés es la decadencia del ser humano, en concreto, el individuo de la segunda mitad del siglo XX y el de comienzos del XXI. Lo acusan, por tanto, y lo odian, por los temas que trata: sexo explícito, violencia, machismo, racismo, islamofobia… Pero todos ellos son elementos con los que construye una obra que se interconecta y desemboca en un solo punto: la distopía cercana, próxima, porque mucho de lo que anuncia como apocalíptico ya convive con nosotros. Odiar a Houellebecq y criticarlo es lo sencillo. Lo complejo es prestarle atención y estudiarlo.
Pasados ya 500 años de su muerte, la figura de Thomas Müntzer sigue siendo extremadamente controvertida. Nació seguramente hacia 1489, en la región minera del macizo del Harz. De joven estudió teología en distintas universidades alemanas, para convertirse primero en párroco y luego en predicador de la Reforma bajo la influencia de Lutero.En los primeros años de la década de 1520 se separó sin embargo de los teólogos reformistas que habían apostado por la alianza con la alta nobleza alemana contra la corrupción de la Iglesia del papa de Roma. Preocupado desde siempre por la suerte de los más desfavorecidos, su teología se volcó entonces en las clases populares, para las cuales pensaba que la revelación de Dios debía ser tanto o más accesible que para los sectores nobles y cultivados. Trató de reformar la misa y la liturgia, así como de promover una predicación centrada en las preocupaciones y malestares del artesanado, los mineros y la amplia clase campesina de su tiempo.