Los inuit llaman iktsuarpok a la mezcla de ansiedad, nerviosismo, excitación y felicidad que siente quien espera la llegada de invitados a casa. Para los finlandeses kaukokaipuu es la inexplicable nostalgia por un lugar en el que no hemos estado nunca. Solo en nuestra cultura e idioma sabemos perfectamente qué es la vergüenza ajena, ese sonrojo empático que nos produce el comportamiento de otra persona. Todos somos capaces de reconocer la diferencia entre rabia y miedo, entre deseo y envidia. Sabemos también que es mejor no confundir el afecto con el amor. El arrepentimiento con el remordimiento. La euforia con la felicidad. Pero hemos experimentado cosas a las cuales a menudo no hemos sabido dar un nombre.
La brontofobia, o el miedo patológico a las tormentas, se considera un terror infantil, pero son muchos más los adultos afectados. La erotomanía, u obsesión amorosa es tanto la angustia incontrolable por el amor no correspondido como el autoengaño de sentirnos deseados por alguien. La gerascofobia, emparentada con el conocido como síndrome de Peter Pan, describe la aversión ante la vejez o el envejecimiento de los que amamos. La coreomanía es la necesidad imperante de bailar sin tregua hasta caer rendido. Más de la mitad de la población mundial padece nomofobia, el pánico desmedido a no tener el teléfono móvil a mano. A todos, sin excepción, nos obsesiona algo. Mientras la sociedad considera defectos imperdonables las fobias y manías de sus individuos, tan solo entenderlas puede ayudarnos a comprendernos y comprender a quienes nos rodean. Para reconciliarnos con nosotros mismos. Para sentirnos un poco menos solos.
El número de diagnósticos de trastornos mentales, TDAH y autismo aumenta día tras día entre la juventud. Como consecuencia, los centros de salud mental están colapsados y se produce un incremento desmedido de la medicalización como vía de alivio más inmediata.
Sin embargo, ¿es este proceder el más eficaz a largo plazo? ¿A qué sistemas recurren los diversos países? ¿Hasta dónde llega el interés de la industria farmacéutica por fomentar la mercantilización de estas patologías? ¿Qué deberíamos considerar «normal» y qué merece realmente un tratamiento?