En el otoño de 1991, en plena desintegración del imperio soviético, Anne Applebaum -ganadora del Premio Pulitzer por Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos- emprendió un viaje desde el Báltico hasta el mar Negro, pasando por Lituania, Bielorrusia, Los Cárpatos y Ucrania, con la intención de comprender la nueva configuración de unos territorios en constante conflicto. Por el camino descubrió un amplio abanico de culturas identitarias, religiones y aspiraciones nacionalistas que competían entre sí.
Si bien han transcurrido más de treinta años, las vidas aquí narradas se leen hoy como un registro documental de un mundo que ya no existe. Applebaum, una excelente observadora, teje con gran habilidad la desgarradora historia de una región incomprendida a través de los relatos de personas corrientes, que describen el modo en que los acontecimientos históricos influyen y marcan la vida de la gente.
Ubicado entre la crónica periodística, la literatura de viajes y el ensayo histórico, Entre Este y Oeste ilumina con brillantez los orígenes de la crisis geopolítica entre Rusia y Europa y nos ofrece algunas claves para entender el alma de estas tierras fronterizas.
El fenómeno de la «asignación de identidad» ha ido tomando fuerza en los últimos veinte años, hasta el punto de involucrar a la sociedad en su conjunto. Así lo atestiguan la evolución de la noción de género y las metamorfosis de la idea de raza. ¿Qué ha pasado para que los compromisos emancipatorios del pasado, en particular las luchas anticoloniales y feministas, hayan se hayan replegado sobre sí mismos de tal manera? El derribo de estatuas en nombre del antirracismo es desconcertante, y la violencia con la que se manifiesta el odio a los hombres en el seno de la lucha feminista plantea interrogantes.
En décadas recientes, se han reinterpretado hasta el exceso instrumentos de pensamiento ricos y de gran fineza —de las obras de Sartre, Beauvoir, Lacan, Césaire, Foucault, Deleuze o Derrida— para sostener unos ideales nuevos cuya prioridad no es alcanzar una sociedad más justa. En paralelo, la noción de identidad nacional regresa en los discursos de la extrema derecha, habitados por el terror. Estos valoran lo que los identitarios del otro lado rechazan: la identidad blanca, masculina, viril, colonialista, occidental. Identidad contra identidad, por tanto.
Las memorias que Obama relata en Los sueños de mi padre comienzan en Nueva York, donde se entera de que su padre ha fallecido en un accidente automovilístico. La inesperada noticia provoca en él un viaje físico y emocional que lo lleva de Kansas a Hawái y más tarde a Kenia, en una emotiva odisea que le permitirá conocer realmente a su familia, la amarga verdad de la vida de su padre y conciliar al fin las distintas partes de su fragmentada herencia.