Las exploraciones a lugares desconocidos o vetados han constituido una pulsión fascinadora en el ser humano, inspirada por el deseo de conocimiento o la eterna búsqueda de aventura. Como afirmó Ludovico Varthema, el primer cristiano en visitar La Meca: «Si alguno preguntara cuál fue la causa de hacer este viaje, ciertamente no podré darle mejor razón que el ardiente deseo de conocer, que a tantos otros movió a ver el mundo».
Desde la expansión del Islam, muchos de sus territorios quedaron vedados a los no creyentes, lo que generó en Occidente una deslumbrante mitología en torno a ellos. En tiempos del Imperio Otomano, varios aventureros lograron penetrar en el oriente islámico, bien convirtiéndose al islam o simulando hacerlo. La Meca, ciudad santa y prohibida a los infieles, se convirtió en el más mítico y enigmático de esos lugares. En esta obra conoceremos las peripecias de los que lo lograron y de otros que perecieron en el intento. Además de La Meca, el acceso al resto de la Península Arábiga también estuvo prohibido a los extraños en determinados momentos, pero muchos desoyeron este veto y recorrieron este entorno subyugante.
Mesopotamia, el país regado por los ríos Tigris y Éufrates, fue la tierra del gran héroe Gilgamesh, el rey de Uruk que no quería morir, y de la torre de Babel, el monumento bíblico de la confusión de lenguas. A pesar de su relevancia histórica como cuna civilizadora, el mundo mesopotámico es un gran desconocido. Solo parece accesible a un minoritario y selecto club, el de los asiriólogos y los arqueólogos orientalistas capaces de descifrar la escritura cuneiforme y de leer los estratos de las viejas colinas de adobe que salpican la antigua geografía de Iraq y de Siria.
Con la finalidad de dar a conocer cuál fue la contribución de los mesopotámicos a la historia de la humanidad, nace la presente obra de Juan Luis Montero Fenollós, que es fruto de su larga experiencia arqueológica en yacimientos de Oriente Próximo. El resultado es un libro en el que el autor explica el verdadero significado histórico y cultural de la antigua Mesopotamia. Y lo hace a través de una cuidada selección de siete grandes áreas temáticas: el agua, la ciudad, la realeza, la justicia, la escritura, la religión y la muerte.
¿Qué hacer con el pasado? Quizá en ningún otro tiempo hayan competido tantas respuestas a esa difícil pregunta. Ante ella, la obra de Walter Benjamin señala una vía para el pensamiento y para la acción. Leída en confrontación con las de Ernst Jünger, Georges Sorel y Carl Schmitt -referentes mayores de la llamada revolución conservadora-, aparece como la de un revolucionario a contrapelo, un conservador de las tradiciones olvidadas. La memoria de las víctimas, nos dice Benjamin, puede ser nuestra mayor fuerza en la construcción de una política para la humanidad.