A finales del siglo IV a. C. Epicuro fundó una escuela filosófica del todo opuesta al idealismo platónico imperante. Desde una perspectiva mucho más empírica y natural, su doctrina reivindicó el papel de los sentidos (única fuente de sabiduría posible) y la búsqueda del placer para alcanzar la felicidad (único objetivo final). Este hedonismo, sin embargo, debía acompañarse de cierta ética, capaz de distinguir placeres buenos (o «naturales», como comer o dormir) y malos (o innecesarios y vanos, como beber sin sed o buscar la lujuria). De aquí la necesidad de la filosofía, cuya práctica defendió Epicuro durante toda la vida: «porque para alcanzar la salud del alma, nunca se es ni demasiado viejo ni demasiado joven».
En relación con el concepto de «poder», sigue reinando el caos teórico. Frente a todo lo que el fenómeno tiene de obvio tenemos todo lo que el concepto tiene de oscuro. Para unos, poder significa opresión; para otros, es un elemento constructivo de la comunicación. El poder se asocia tanto con la libertad como con la coerción. También se asocia con el derecho y con la arbitrariedad. En vista de esta confusión teórica, según Han, es necesario hallar un concepto dinámico de poder capaz de unificar en sí mismo las nociones divergentes respecto a él; una forma fundamental de poder que, mediante la reubicación de elementos estructurales internos, genere diversas formas de manifestarse. De esta manera, quitaremos al poder esa fuerza que se basa en el hecho de que no se sabe exactamente en qué consiste.
La belleza: ¿un fenómeno natural o cultural? ¿Nacemos con una predisposición hacia lo bello o se nos enseña a apreciarlo? ¿De qué manera nuestras herramientas de representación van orientando e influenciando el gusto? ¿Qué impulsa realmente a la humanidad a modificar su apariencia?
Son algunas de las cuestiones que vertebran este ensayo de Naief Yehya sobre la belleza humana, más en particular la femenina, que parte de la certeza de que la apariencia ocupa un lugar crucial en nuestras vidas y opera como un «campo gravitacional» que distorsiona percepciones y moldea comportamientos. Trazando un arco fascinante desde la prehistoria hasta la era de Instagram, de los primeros pigmentos y ornamentos corporales a la cirugía genética, Yehya demuestra que la tecnología ha sido siempre el mediador clave en la construcción de ideales de belleza: cada época utiliza las herramientas disponibles para moldear el cuerpo y el rostro según sus valores culturales, hasta el punto que el ser humano contemporáneo se ha convertido en un cíborg que fusiona biología y tecnología en una búsqueda incesante de perfección estética. Por su parte, el capitalismo ha mercantilizado sistemáticamente esta búsqueda ancestral de lo bello, creando una industria que se alimenta de la inseguridad para vender la promesa de una felicidad alcanzable a través del consumo.