Todos tenemos problemas. La buena noticia es que la Palabra de Dios contiene promesas que nos ayudan a superar cada problema que enfrentamos.
Joyce Meyer sabe cuán cierto es esto porque ha enfrentado problemas mayúsculos en su vida. Pero a lo largo de cuarenta y cinco años de estudio de la Palabra de Dios, ha aprendido a encontrar en la Biblia la respuesta a cada uno de estos problemas, y quiere enseñarte a descubrir estas respuestas por ti mismo.
En Supera cada problema, Joyce te llevará a través de cuarenta promesas de la Palabra de Dios que pueden darte la sabiduría que necesitas cuando te tropieces con desafíos o dificultades. No importa cuán grande o profundo sea tu dolor, o por cuánto tiempo te haya afectado: este texto te animará e inspirará a confiar en que Dios tiene días mejores reservados para ti.
Únete a Joyce en tu viaje hacia el descubrimiento y pon las promesas de Dios a trabajar en tu vida, para que puedas superar cada problema que tengas que enfrentar.
Una defensa de la libertad que demuestra que el crecimiento demográfico es positivo para alimentar el ciclo de la abundancia
Una tesis controvertida y contraintuitiva: el crecimiento demográfico genera más recursos, no menos
A varias generaciones se les ha enseñado que el rápido crecimiento de la población se corresponde con un consumo alarmante de los recursos naturales del planeta que los hace escasear. Superabundancia desmonta esta creencia tradicional y enseña que se trata de todo lo contrario.
Después de analizar los precios de cientos de productos básicos, bienes y servicios a lo largo de dos siglos, los profesores Gale Pooley y Marian Tupy descubrieron que los recursos se volvían más abundantes a medida que crecía la población. Los autores también encontraron que la abundancia de recursos aumentó más rápido que la población, una relación que ellos llaman «superabundancia».
El libro expone que cada ser humano adicional creó, en promedio, más valor del que consumió. Esto es posible porque más personas producen más ideas, lo que lleva a más innovaciones. Al final del proceso de descubrimiento y selección en el mercado, sobreviven aquellas invenciones que permiten superar la escasez, estimular el crecimiento económico y elevar el nivel de vida.
Salvaje, voraz y creativa: así fue la vida de la pintora Suzanne Valadon. Hija de una lavandera viuda, hizo y fue de todo antes de dedicarse a la pintura: modista, obrera, florista de una funeraria, camarera, acróbata, modelo… Pero, en aquel Montmartre parisino de finales del siglo XIX e inicios del XX, en un momento en el que las mujeres quedaban relegadas al salón burgués, al claustro conventual, a la máquina proletaria o al lecho prostibulario, Suzanne no se dejó encasillar. Modelo de algunos de los artistas más aclamados de la primera modernidad, como Renoir, Degas o Toulouse-Lautrec (quien la bautizó tal como ahora la conocemos), no tardó en convertirse ella misma en una afamada pintora. Así, entre lienzos, amantes y alcohol, consiguió salir de la extrema miseria en la que había vivido hasta el momento y comenzó a disfrutar del reconocimiento de los exigentes círculos artísticos parisinos y de una notable fortuna que no le preocupó malgastar antes de morir. Entretanto, pintó su vida de colores, se la comió a mordiscos y se la bebió de un tirón.