Quien pregunta «¿de qué te ríes?» no suele esperar una respuesta: quiere que alguien deje de reír. La risa es lenguaje y, como las palabras, puede ser cortés, falsa, amigable, mordaz, insultante y discriminadora. Aunque la educación intente disciplinarla e indicar los modos correctos de su emisión, lo hilarante es indomable porque habla el lenguaje del cuerpo y se desencadena más allá del bien y el mal. El «buen humorista» es más gracioso que el «humorista bueno». Hoy, las pantallas siembran entretenimiento y cosechan carcajadas. Estas risas masivas, electrónicamente difundidas, son melodías para cualquier ideología: ríen los fascistas y ríen los buenistas. La libertad de expresión es colonizada por lo provocativo y lo abyecto. El pensamiento se hace caricatura y se mercantilizan las bromas. Daniel Gamper sostiene que los tiempos están maduros para nuevos aguafiestas que pongan palos en las ruedas de la risa. Tras leer este libro no volverás a reír sin antes detenerte a pensar dónde, cómo, cuándo, con quién y por qué lo haces.
El neoliberalismo no puede comprenderse solamente como un modelo o una política económica. A lo largo de su desarrollo se ha constituido como un modo de articular y normar todos los aspectos de la vida en su conjunto, de regular las relaciones entre los seres humanos y de estos con la naturaleza. Así, el neoliberalismo se ha ido consolidando día a día como una racionalidad dominante, que no todos quieren ver y mucho menos cuestionar. Sin embargo, no es la única manera en la que el mundo puede ser.
Desde su aparición en 1997, De senectute se ha consolidado como uno de los libros más lúcidos sobre la vejez.
A través de una serie de reflexiones que recuerdan al ejercicio del pensamiento en voz alta, Norberto Bobbio habla de la fragilidad y la duda con una honestidad radical. Sus páginas ofrecen una meditación sobre la experiencia de hacerse mayor, entendida como un período marcado por la melancolía y una nueva relación con el tiempo en el que la memoria se superpone al presente y lo desbanca.
Contra las inercias de las sociedades contemporáneas de glorificar la juventud, la velocidad y la productividad, el filósofo propone una ética del reconocimiento que entienda la vejez como parte legítima de la vida, con su propia dignidad y valor. No comparte la idea de que sea un tiempo de plenitud, sino que reconoce el papel central de la pérdida; no obstante, esa misma pérdida activa un tipo de clarividencia que solo es posible cuando se asume la perspectiva del final.