Hay libros que mueren poco a poco, después de una larga vida infundida por sus lectores. Otros libros, en cambio, nacen como flor marchita de un día, prematuramente barridos por el inmisericorde viento del olvido, pero que sin embargo siguen guardando en sus páginas un soplo de vida que sólo los lectores más atentos son capaces de detectar. A esta clase de libros pertenece sin duda De negros y plagiarios. Quimeras y verdades en la historia, del escritor, abogado, diplomático e historiador mexicano Carlos Pereyra, quien, con una impagable voluntad develadora, un persistente y minucioso trabajo de re-hacedor de la historia y un alarde de lector voraz de las fuentes textuales primarias en las que se apoya, fue capaz de levantar un argumentario incontestable a la hora de poner en solfa cuantas afirmaciones, teorías y crónicas impostadas han pululado en manuales escolares, libros y tesis lamentablemente perturbadoras de cualquier imaginario colectivo. Porque si hay algo que la ensayística de Pereyra no tolera es consentir que en los asuntos de la historia los libros de historia sean la única y verdadera historia.
El neoliberalismo no puede comprenderse solamente como un modelo o una política económica. A lo largo de su desarrollo se ha constituido como un modo de articular y normar todos los aspectos de la vida en su conjunto, de regular las relaciones entre los seres humanos y de estos con la naturaleza. Así, el neoliberalismo se ha ido consolidando día a día como una racionalidad dominante, que no todos quieren ver y mucho menos cuestionar. Sin embargo, no es la única manera en la que el mundo puede ser.
Desde su aparición en 1997, De senectute se ha consolidado como uno de los libros más lúcidos sobre la vejez.
A través de una serie de reflexiones que recuerdan al ejercicio del pensamiento en voz alta, Norberto Bobbio habla de la fragilidad y la duda con una honestidad radical. Sus páginas ofrecen una meditación sobre la experiencia de hacerse mayor, entendida como un período marcado por la melancolía y una nueva relación con el tiempo en el que la memoria se superpone al presente y lo desbanca.
Contra las inercias de las sociedades contemporáneas de glorificar la juventud, la velocidad y la productividad, el filósofo propone una ética del reconocimiento que entienda la vejez como parte legítima de la vida, con su propia dignidad y valor. No comparte la idea de que sea un tiempo de plenitud, sino que reconoce el papel central de la pérdida; no obstante, esa misma pérdida activa un tipo de clarividencia que solo es posible cuando se asume la perspectiva del final.