Esta nueva obra de Esteban Mira Caballos desmonta el viejo tópico que sostenía que la presencia de indígenas americanos en el Viejo Mundo se limitó a un puñado de ellos que trajeron algunos descubridores, como Cristóbal Colón, pero la realidad es que hubo un tráfico de indígenas con destino a los mercados esclavistas europeos. Hasta mediados del siglo XVI entraron a través del puerto de Sevilla y, en la segunda mitad de la centuria, por Lisboa.
Otros muchos llegaron voluntariamente: unos, para conocer los secretos de la tierra -como un turista del siglo XXI- y, otros, para solicitar sus derechos, acudiendo personalmente a la corte para entrevistarse con el soberano. Lo mismo reclamaban tierras de sus antepasados, que privilegios -como escudo de armas, o el derecho a portar armas o a usar caballos--.
En sus viajes por el Atlántico los europeos no sólo descubrieron nuevas tierras, sino también nuevos pueblos hasta entonces desconocidos, con sus propias costumbres y religiones. Estos encuentros, que comenzaron en las Canarias en 1341 y prosiguieron en América desde 1492, les planteaban una serie de preguntas: ¿Eran estas gentes descendientes de Adán, del mismo linaje que los habitantes del Viejo mundo, o fruto de otra creación? ¿Poseían un alma y la capacidad de conocer a Dios? ¿Tenían el derecho a ser libres y gobernarse a sí mismos o debían ser tutelados? David Abulafia centra su atención en el aspecto humano de estos encuentros, y en la forma en que se pasó del asombro del descubrimiento de una naturaleza humana común a la práctica de la explotación, sentando un precedente para la posterior conquista europea del mundo. Como ha escrito el profesor Fernández-Armesto, este libro «nos lleva al corazón mismo de una cuestión que importa muy especialmente al mundo actual».
Kant llamó «uso público de la razón» a lo que ocurre cuando alguien se sirve de la palabra obedeciendo tan solo al criterio propio, el cual, si en verdad es libre, podrá aspirar a ser asumido por cualquiera y no podrá confundirse, por tanto, con un «uso privado» en el que se razona al servicio de alguien. Pero la ortodoxia cultural de nuestro tiempo suele tomar el ejercicio público de la inteligencia como equivalente a cierta clase de compromiso. Pensar, escribir o enseñar son, según esa vacua y pegajosa ideología, el resultado de haberse comprometido con ciertos «valores», elegidos de entre un variado muestrario. Nada de raro tiene que lo enseñado, pensado o escrito bajo tales supuestos sea totalmente previsible. En las cinco tentativas acometidas en este libro se sostiene que lo esencial de la razón pública es cierta clase de enajenación de la palabra, un fenómeno consistente en que lo dicho se escapa del control de quien lo dice, cobrando autonomía y poniendo en peligro la identidad de su portador, sin dar pábulo a la de nadie más. Lo público no es, entonces, lo colectivo ni lo común (normalmente tan privados como lo individual), sino la posibilidad de que las identidades se desdibujen y acaben rompiéndose. Lleno de mordacidad e ingenio, el ensayo de Antonio Valdecantos pone en cuestión actitudes públicas que gozan de tan buena fama como el compromiso o el activismo.