Cada periodo histórico y cultural crea sus propios monstruos, dependiendo de los temores y valores que la sociedad va estableciendo y proclamando. La época victoriana, pródiga en seres monstruosos, constituye un momento en el que el sueño de la razón, impulsado por un avance tecnológico y científico sin precedentes, y sustentado por un vasto imperio de ultramar, produjo toda suerte de aprensiones, inquietudes, obsesiones y ansiedades que se plasmaron en la literatura y en el entorno circundante mediante monstruos ficticios e imaginarios... y tristemente reales, como es el caso de Jack el Destripador, producto de aquel tiempo y aquel momento. El primer asesino en serie «moderno» de la historia personifica y culmina de manera espeluznantemente real la monstruosidad que, de manera imaginaria, se venía forjando en las páginas de numerosos autores victorianos.
Ha habido muchos ladrones de arte a lo largo de la historia, pero ninguno como Stéphane Breitwieser. Él nunca robó por dinero, sino que sustraía solo aquellas piezas cuya belleza lo embelesaba, y exponía esos tesoros en un par de habitaciones secretas de su casa, donde podía admirarlos a su antojo. Nuestro ladrón tenía, además de una gran sensibilidad artística, una habilidad innata para burlar casi cualquier sistema de seguridad, y consiguió perpetrar un número asombroso de robos a plena luz del día, sin armas ni amenazas, mientras su novia distraía a los guardias de seguridad. Pero ese talento iba unido a un creciente desprecio por el riesgo y una necesidad adictiva de fijarse nuevos retos, ignorando las súplicas de su novia para que dejara de hacerlo, hasta que un último acto de arrogancia acabó con todo.
A lo largo de casi ocho años, Breitwieser recorrió museos y catedrales de toda Europa, donde robó más de trescientos objetos —entre ellos cuadros de Pieter Brueghel el Joven, Antoine Watteau o François Boucher— y llegó a acumular más de 1.400 millones de dólares en piezas de coleccionismo de primer nivel. En El ladrón de arte, un auténtico rompecabezas con giros que resultan casi increíbles, Michael Finkel explora con brillantez la emoción de los golpes que llevó a Breitwieser a seguir adelante y narra de manera genial la historia de este ávido coleccionista para quien los museos no eran más que prisiones donde el arte se encontraba recluido.
Los sueños (y las pesadillas) surgidos del pensamiento, la literatura y el arte durante el siglo XX.
En agosto de 1883, la erupción, al este de Java, del volcán Krakatoa repercutió en lugares tan alejados como la ciudad alemana de Hamburgo. Aquel cataclismo constituye para Peter Neumann un extraordinario símbolo de las poderosas energías que algunas esperanzas y sueños utópicos iban a desencadenar a lo largo del siglo xx, comenzando con la inquietante figura del Superhombre nietzscheano y terminando con la quimera de una paz universal propuesta por Susan Sontag en el año 2003. Entre ambos momentos, Peter Neumann nos brinda portentosos retratos de los artistas, pensadores y escritores que revolucionaron las ideas y el modo de expresarlas y que, en tiempos de crisis e incertidumbre, fueron capaces de pensar sobre la realidad de formas inéditas y a menudo revolucionarias. Con trazo preciso y enorme talento narrativo, el autor describe atmósferas y paisajes, y descubre insospechadas constelaciones y mutuas influencias entre autores y creadores de la talla de Ludwig Wittgenstein, Hannah Arendt, Sigmund Freud, Salvador Dalí, la pintora Käthe Kollwitz, James Joyce, Samuel Beckett, Theodor W. Adorno, Walter Benjamin o Christa Wolf.