América no es una unidad sino un conjunto con algunos rasgos comunes, sin ignorar las grandes diferencias, sobre todo entre la angloparlante y la América Latina. La inclusión de poetas de esas dos Américas en un mismo trabajo es una decisión y no una obviedad. Los tratados, los manuales, los ordenamientos históricos y nacionales o subcontinentales descartan esa opción.
Sin embargo, desde Poe y Whitman, los primeros poetas plenamente modernos de América, hasta Zurita; o desde William Carlos Williams y Ginsberg hasta Sergio Raimondi, el aclamado profesor y poeta Edgardo Dobry forja en el fascinante recorrido de este ensayo un canon renovado de la poesía americana; un árbol genealógico de los últimos doscientos años que hunde sus raíces en insólitas correspondencias a través de todo el continente.
De aquellos padres fundadores hasta hoy, ¿cuáles son los rasgos que unen a las dos Américas? La constelación de voces que se encuentra en este libro señala un claro vínculo de impulsos e inquietudes compartidos. En los versos de poetas de Estados Unidos, Argentina, Nicaragua, Chile, Perú, Cuba y México encontramos algunas respuestas y, al mismo tiempo, nuevos interrogantes.
El descubrimiento de América en 1492 fue un hecho extraordinario que significó el inicio de una nueva etapa histórica: la Edad Moderna. Un nuevo continente se abrió primero a los descubridores, a los que siguieron los denominados «conquistadores». Pequeños grupos de hombres iniciaron una serie de exploraciones y conquistas de carácter épico y recorrieron el continente de norte a sur, proyectando el poder hispano desde California hasta la Patagonia.
En 1507, cuando el cartógrafo Martin Waldseemüller publicó un mapa del mundo, denominó América a un nuevo continente, descubierto poco antes, en honor al navegante y explorador Américo Vespucio. El nombre hizo fortuna y años después se extendió al hemisferio norte de aquellas tierras, aunque no correspondía al de su auténtico descubridor y el propio Waldsemüller pensaba que había elegido mal el nombre. Ésta es la historia de esa curiosa denominación, y también la biografía de un maestro de la autopromoción. Nacido en 1454 en la Florencia de los Médicis, para los que trabajó en su juventud, Américo se trasladó a Sevilla en 1491. Fue amigo y rival de Cristóbal Colón, y colaboró en la segunda y tercera expediciones de éste a las Indias, antes de embarcarse él mismo por lo menos en dos ocasiones y de explorar la costa de lo que hoy es Brasil. El hombre que dio su nombre al Nuevo Mundo emerge en estas páginas como un acabado producto de una riquísima época: proxeneta, mago, aventurero, intrigante, hábil navegante (aunque no al principio), autor de deslumbrantes crónicas de viajes, siempre al tanto de los últimos avances científicos y capaz de apropiarse de honores inmerecidos. Fernández-Armesto, valiéndose de una cantidad ingente de fuentes y documentos, ha escrito la primera biografía de Vespucio que consigue distinguir la realidad de la leyenda.