En las páginas de Heterodoxos se recuerdan las figuras políticas como la de de Julián Besteiro, que cosechó por igual el odio tanto de la izquierda como de la derecha; sacerdotes como José María Albareda, fundador del CSIC; prominentes falangistas como Mercedes Formica, así y todo impulsora de grandes reformas jurídicas en favor de las mujeres; o nacionalistas catalanes como Francisco Cambó, que soñó con gobernar el país.
Como advierte Andrés Trapiello desde el mismo prólogo, «hay algo común a todos estos personajes: la fuerte personalidad de cada uno de ellos, propia de quienes sobrevivieron (algunos ni eso) en una época del siglo XX caracterizada por su encarnizada voracidad para aquellos que se salían de la secta y buscaban el bien de la comunidad en el sentido común».
Un divertido y conmovedor libro de memorias en ensayo de la comediante Aida Rodríguez sobre el poder de superar las dificultades y transformar el dolor en risa.
Aida Rodríguez ha vivido, por decir poco, una vida de torbellino. La historia de cómo pasó de la pobreza a la opulencia es alucinante: cuando era niña, su madre la secuestró y se la llevó de la República Dominicana a los Estados Unidos. Más tarde, un nuevo secuestro, esta vez a manos de su abuela y su tío, la dejó en Florida. Ya de adulta, escapó de un matrimonio tormentoso y terminó, junto con sus hijos, mendigando por las calles de Los Ángeles. Durante todas esas adversidades, Aida nunca perdió su sentido del humor.
Nacida con un maravilloso ingenio y un espíritu irrefrenable, Aida ha utilizado su talento y trabajado sin descanso para convertir la tragedia y el dolor en una comedia mordaz que abarca todo, desde la misoginia y el racismo hasta las redes sociales y los titulares de prensa. Con el tiempo, lanzó un exitoso especial en Max que la llevó a múltiples acuerdos de desarrollo, un logro que le ganó una audiencia nacional, le abrió puertas y la ayudó expandir la forma en que los latinos están representados en la comedia.
«Hablar de extrarradio y de periferia significa hablar de clase obrera, de bloques de ladrillo y hormigón, de toldos verdes comidos por el sol, de pisos sin ascensor y de cierto porcentaje considerable de población migrante en edad de trabajar. Aunque se conocen como barrios de clase trabajadora, también los habitan muchas personas sin empleo que se arriesgan a perder una muela por no poder empastarla».
Mientras que la literatura obrerista se ha encargado de romantizar el mono azul de trabajo y la academia feminista aboga por romper techos de cristal, las condiciones de quienes se encargan de lavar los primeros y barrer los segundos han quedado totalmente descuidadas y olvidadas. Cargadas de razones y muy cansadas de cuidar para que otras concilien, un centenar de Hijas del hormigón le han contado a la politóloga Aida dos Santos su día a día, porque la precariedad y las privaciones no siempre las recoge la estadística. Ahí donde leas «Esto a mí también me pasa» y asientas en silencio estará la prueba de que lo que te atraviesa a ti, nos limita a todas.