Insisten en que son solo un grupo de amigos, pero canalizan millones de dólares a través de corporaciones libres de impuestos. Afirman desdeñar la política, pero los congresistas de ambos partidos los describen como la organización religiosa más influyente de Washington. Dicen que no son cristianos sino simplemente creyentes. Detrás de cada Desayuno Nacional de Oración desde 1953 han estado ellos: una red de élite entregada a una religión de poder para los poderosos, un evangelio del capitalismo bíblico, el poder militar y el imperio estadounidense. Son la Familia, la vanguardia del fundamentalismo, que libra una guerra espiritual en los pasillos del poder estadounidense y en todo el mundo. Se consideran los nuevos elegidos: congresistas, generales y dictadores extranjeros que se reúnen en celdas confidenciales para orar y planificar un liderazgo dirigido por Dios, que se ganará no por la fuerza sino mediante una diplomacia silenciosa. Su base es una finca frondosa con vistas al Potomac en Arlington, Virginia, y Jeff Sharlet es el único periodista que ha informado desde dentro de sus muros. La Familia es aproximadamente la otra mitad del poder fundamentalista estadounidense: no sus masas enojadas, sino sus élites sofisticadas.
¿Qué opinaría Franco de los suyos si levantara la cabeza?
El 20 de noviembre de 1975, la vida para la familia Franco cambió para siempre. El apellido que hasta entonces solo suponía privilegios empezó a ser también una fuente de resquemores y hasta un estigma.
A lo largo de cinco décadas, los descendientes del dictador han vivido mil y un escándalos, aparte de dos entierros. El primero, en el Valle de los Caídos, fue seguido de un largo peregrinaje por el desierto y de años de desunión por parte de la viuda, la hija y los nietos. El segundo ocurrió en fechas muy recientes, cuando Pedro Sánchez cumplió con sus planes de sacar a Franco de su tumba. Un enemigo común volvió a unir a una familia para encajar como un bloque los golpes y los focos.
Hoy, una nueva generación de la familia empieza a tomar posiciones en el mundo económico y, al contrario que sus padres, han intentado alejarse de la prensa del corazón, aunque conviven en el mundo de las redes y enarbolan una bandera política, terreno en el que sus padres fueron más discretos, para defender la memoria del dictador.
Si un perro pudiera escribir un libro de filosofía estaríamos más cerca de entender el verdadero sentido de la vida.
El filósofo y profesor Mark Rowlands se basa en su propia experiencia con perros, en las ideas de filósofos como Sócrates, Hume o Sartre, y en la vanguardista psicología de la cognición canina para explorar el modo en que los perros experimentan y disfrutan del mundo y de este modo acercarnos a una mejor comprensión de nosotros mismos. Es inevitable que los dueños de perros se pregunten a veces por la felicidad y los sentimientos de su mascota y, vista la exuberante felicidad con la que un perro experimenta las actividades más simples y rutinarias, también es inevitable preguntarse si las respuestas que nos darían no serían mejores que las nuestras a la hora de abordar temas como la naturaleza de la bondad, lo que significa la amistad y si es posible una vida plena.
Adentrándose en la moralidad, las libertades, la conciencia, la inteligencia y el amor por la vida de los perros, Rowlands nos descubre que tienen una manera única de existir que equivale casi a una perspectiva filosófica diferente.