¿Qué tiene que ver la literatura con los principios de la termodinámica y el concepto de entropía planteados por Rudolf Clausius en 1865?
La concepción y el estudio de la literatura suelen remitir a un sistema cerrado y estable. Eso era comprensible en el siglo XIX, pero ya no. Hoy, el estudio de la literatura entendido como exégesis textual y vidas de santos no sirve para explicar cómo y por qué sigue siendo una actividad social y cultural significativa.
Literatura, lengua y lugar se pregunta, aplicando los principios de la termodinámica, qué pasa en la confluencia de estos tres elementos en un mundo acelerado y cambiante.
Una exploración de las formas en las que el poder ejerce su represión y la posibilidad de convertir nuestra mirada en un acto de resistencia.
¿Qué es lo que nuestra sociedad decide no ver? ¿Qué cuerpos pueden ser golpeados, encerrados o explotados sin que nadie se indigne o intervenga?
Allí donde el poder ejerce sus mecanismos de represión de forma más descarada es donde surge lo intolerable. Esto es: no solo lo que sucede en los campos de refugiados o tras los muros de las prisiones, sino también, como nos recuerda Díaz Álvarez –en la estela de Michel Foucault, Angela Davis, John Berger o Richard Mosse–, la complacencia con la que observamos la crueldad sin sentir repulsión, vergüenza ni responsabilidad.
La historia de cómo las prácticas habituales de violencia de los imperios europeos redefinieron los contornos del mundo.
"A la rapiña, el asesinato y el robo los llaman con nombre falso gobernar, y donde crean un desierto, lo llaman paz", Tácito puso estas palabras en boca de quien defendía sus tierras ante las legiones romanas. A partir del siglo XV, los imperios europeos llevaron estas antiguas prácticas a una escala nunca vista, cimentando sus conquistas en saqueos, esclavitud y pillaje generalizados. Autoafirmándose en un derecho al uso de la fuerza unilateral, estos imperios consiguieron acumular a través de los años un poder global. En un relato que abarca desde Asia hasta América, Lauren Benton muestra cómo la violencia ejercida por los imperios definió la naturaleza misma de la guerra y la paz. Los constantes enfrentamientos y las intervenciones armadas instauraron un estado de guerra de facto perpetua en todo el mundo. Estas disputas intermitentes desencadenaron atrocidades, desde masacres repentinas hasta largas campañas de despojo y exterminio.