`Polichinela´ forma parte junto con `Autorretrato en el estudio´ de un conjunto de libros en los que Giorgio Agamben propone una autobiografía intelectual de profunda belleza y sinceridad.Este libro lleva el subtítulo Divertimento para los muchachos, que hace referencia al álbum de ciento cuatro tablas en las cuales Giandomenico Tiepolo, recluido en su villa de Zianigo, como Goya en la Quinta del sordo, ilustra la vida, las aventuras, la muerte y la resurrección de Polichinela. Pero ¿quién es Polichinela? ¿Es un hombre, un demonio o un dios? ¿Qué se oculta bajo su máscara negra, que jamás se quita? ¿Y qué relación existe entre la filosofía y la comedia? Así como Tiepolo al final de su vida, también Agamben parece anudar en la figura enigmática de Polichinela los diferentes hilos de su pensamiento en una suerte de imaginaria autobiografía filosófica. Acaso la comedia no sólo es más antigua y profunda que la tragedia, sino que es incluso más cercana a la filosofía, tan cercana que, como sucede en este libro, parece casi confundirse con ella.
La obra que fundó la teoría política occidental y sigue dando forma a nuestro modo de entender la ciudadanía y el poder.
¿Cómo fundar un Estado capaz de evitar la discordia civil y promover una vida común justa? ¿Es posible esbozar sus fundamentos comparando otros sistemas de gobierno? A estas preguntas se enfrentó Aristóteles en el siglo IV a. C., en un momento en que la polis griega atravesaba una profunda crisis. Considerado el primer filósofo sistemático de la historia, emprendió en el Liceo una investigación sin precedentes sobre las formas de organización colectiva. El resultado es la Política: el tratado filosófico más completo que nos ha legado el mundo antiguo sobre el poder y la ciudadanía.
Vivimos en una época de incertidumbre. En sociedades anteriores a la nuestra, los seres humanos han vivido con un futuro tal vez más sombrío, pero la estabilidad de sus condiciones vitales –por muy negativas que fueran– les permitía pensar que el porvenir no les iba a deparar demasiadas sorpresas. Podían pasar hambre y sufrir la opresión, pero no estaban perplejos. La perplejidad es una situación propia de sociedades en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos.
El siglo XXI se estrenó con la convulsión de la crisis económica, que produjo oleadas de indignación pero no ocasionó una especial perplejidad; contribuyó incluso a reafirmar nuestras principales orientaciones: quiénes eran los malvados y quiénes éramos los buenos, por ejemplo. El mundo se volvió a categorizar con nitidez entre perdedores y ganadores, entre la gente y la casta, entre quién manda y quién padece a los que mandan, al tiempo que las responsabilidades eran asignadas con relativa seguridad. Pero el actual paisaje político se ha llenado de una decepción generalizada que ya no se refiere a algo concreto sino a una situación en general. Y ya sabemos que cuando el malestar se vuelve difuso provoca perplejidad. Nos irrita un estado de cosas que no puede contar con nuestra aprobación, pero todavía más no saber cómo identificar ese malestar, a quién hacerle culpable de ello y a quién confiar el cambio de dicha situación.