«El nacionalismo es sin duda la más poderosa y quizás la más destructiva fuerza de nuestro tiempo. Si existe el peligro de aniquilación total de la humanidad, lo más probable es que dicha aniquilación provenga de un estallido irracional de odio contra un enemigo u opresor de la nación real o imaginario […]. Quizás la humanidad viva lo suficiente para ver el día en que el nacionalismo parezca absurdo y remoto, pero para ello deberemos entenderlo y no subestimarlo; y es que aquello que no es comprendido no puede ser controlado: domina a los hombres en lugar de ser dominado por ellos.»
Pocos comentarios al padrenuestro revelan como el de Simone Weil la esencia de esta oración cristiana y universal.
En el verano de 1941, Simone Weil traduce el padrenuestro y lo aprende de memoria. «La dulzura infinita de aquel texto griego», escribirá más tarde, «me impresionó de tal modo que durante algunos días no pude dejar de repetirlo incesantemente». Era la primera vez en su vida que rezaba. La recitación del padrenuestro llegará a ser para ella un ejercicio privilegiado de atención sobrenatural. Su comentario constituye una preparación de la práctica de la oración. Fiel a su literalidad original, va desgranando su sentido palabra a palabra, petición a petición.
«Padre nuestro que estás en los cielos. Corte brusco, ruptura que nos enseña la diferencia que hay entre la naturaleza de lo necesario y la de lo bueno». (Simone Weil)
Según Aristóteles, la amistad puede basarse en la utilidad o en el placer, pero solo es verdadera cuando no la mueve el interés. Solo esta une y distingue a las personas virtuosas y solo esta es duradera, pues se cuece a fuego lento. Pero por encima de todo, el gran filósofo concibe la amistad como algo necesario y connatural: el hombre siempre necesita de un amigo. Por eso estas páginas son una gran lección de vida, que animan a salir de la individualidad y comprender que una existencia completa se basa en caminar junto a otro.