Carlos Cuesta desmonta mitos y leyendas y reivindica el capitalismo como el verdadero motor del progreso.
La experiencia histórica y los datos lo avalan: ningún sistema ha generado más prosperidad, innovación y oportunidades que el capitalismo. Frente a los viejos fantasmas totalitarios y las nuevas formas de populismo, Carlos Cuesta —una de las voces actuales más influyentes del debate político y económico español— demuestra que el capitalismo no solo ha permitido el progreso real, ha reducido la pobreza, alargado la esperanza de vida e impulsado la ciencia, sino que también ha abierto las puertas de la prosperidad a millones de personas.
Desde que en 1962 viajó a América Latina por primera vez, Eric Hobsbawm mostró un interés apasionado por aquellas tierras, «donde la evolución histórica se producía a gran velocidad» y podía ser observada en el curso de una vida. De aquí que dedicase gran parte de su obra a estudiar unas gentes y unos países que pensaba que podían ser el próximo escenario de una revolución. A su muerte, en 2012, dejó encargado que se hiciese una compilación de estos estudios, una tarea que se ha encomendado al profesor Bethell, quien ha reunido aquí los recuerdos de sus viajes, los estudios sobre la persistencia del feudalismo, sus retratos de los campesinos como rebeldes y como revolucionarios, su visión de las revoluciones de México, Cuba y su punto de vista sobre la peculiar revolución militar de Perú, sobre la violencia en Colombia y sobre el Chile de Allende como esperanza y tragedia.
En 1972, partió de Montevideo, con destino a Santiago de Chile, un avión Fairchild Hiller FH-227 de las fuerzas aéreas uruguayas en el que viajaba el equipo de rugby Old Christians y sus acompañantes. Sin embargo, les aguardaba un destino muy distinto del que habían proyectado. Las infernales condiciones climatológicas determinaron la catástrofe y el aparato se estrelló con los Andes.
En 1972, partió de Montevideo, con destino a Santiago de Chile, un avión Fairchild Hiller FH-227 de las fuerzas aéreas uruguayas en el que viajaba el equipo de rugby Old Christians y sus acompañantes. Sin embargo, les aguardaba un destino muy distinto del que habían proyectado. Las infernales condiciones climatológicas determinaron la catástrofe y el aparato se estrelló con los Andes.
Solo dieciséis de los cuarenta y cinco pasajeros que viajaban en el avión sobrevivieron al accidente y a los casi tres meses de indescriptibles rigores que sufrieron a consecuencia del hambre, el frío y el dolor. Sin otras provisiones, se vieron obligados a enfrentarse al horror de alimentarse con la carne de sus compañeros muertos, en un acto desesperado por conservar la vida.