El reino reúne las cuatro novelas cortas Un hombre: Klaus Klump, La máquina de Joseph Walser, Jerusalén y Aprender a rezar en la era de la técnica, escritas por Tavares entre 2003 y 2007. Estamos ante una de las obras fundamentales de un...
Hace ya tiempo que Emmanuel Carrère ha acostumbrado a sus lectores a esperar de él lo inesperado, y en esta obra monumental, casi diríamos épica y sin duda radical, aborda nada menos que la fe y los orígenes del cristianismo. En sus páginas se entrecruzan dos tramas, dos tiempos: la propia vivencia del autor, que abraza la fe en un momento de crisis personal marcado por una compleja relación amorosa y el abuso del alcohol, y la historia de Pablo el Converso y de Lucas el Evangelista. Dos historias entrelazadas sobre la fe en las que se suceden abundantes personajes, episodios y reflexiones.
Lo que a Carrère le interesa del cristianismo es su mensaje de transgresión de lo establecido y la desmesura de la fe. Y este libro provocador y deslumbrante es una indagación rabiosamente contemporánea sobre el cristianismo que nos habla de la perplejidad, el dogma, la duda, la redención y la construcción de una fe con mensajes rupturistas y extraños rituales.
Hu Anyan ha tenido diecinueve empleos distintos desde que se graduó: repartidor de paquetes, guardia de seguridad, dependiente... Cada vez que uno de ellos se volvía insoportable, lo dejaba y cambiaba de ciudad, llevando siempre consigo obras de sus autores favoritos. Chéjov, Carver o Foster Wallace eran las ventanas por las que entraba aire mientras intentaba sobrevivir en un sistema que nunca fue diseñado para sostenernos.
Con su voz sin adornos, su capacidad de observación y un delicado sentido del humor, Hu ilumina las vidas invisibles tras los oficios que mantienen el mundo en marcha, pero también muestra cómo, gracias a la literatura, encontró consuelo e incluso una forma de libertad.
Esta obra se interroga sobre el sentido del trabajo mientras plantea una pregunta más acuciante a lo largo de toda la narración: ¿acaso alguno de nosotros sabe de verdad cómo vivir?
Esa es la palabra que Danny había visto en el espejo. Y, aunque no sabía leer, entendió que era un mensaje de horror.
Danny tenía cinco años, y a esa edad poco niños saben que los espejos invierten las imágenes y menos aún saben diferenciar entre realidad y fantasía. Pero Danny tenía pruebas de que sus fantasías relacionadas con el resplandor del espejo acabarían cumpliéndose: REDRUM... MURDER, asesinato.
Pero su padre necesitaba aquel trabajo en el hotel. Danny sabía que su madre pensaba en el divorcio y que su padre se obsesionaba con algo muy malo, tan malo como la muerte y el suicidio. Sí, su padre necesitaba aceptar la propuesta de cuidar de aquel hotel de lujo de más de cien habitaciones, aislado por la nieve durante seis meses. Hasta el deshielo iban a estar solos. ¿Solos?...
Dorian Gray posee la juventud perfecta, el rostro de un dios antiguo y un alma aún intacta. Pero al contemplar su retrato ―un lienzo que empieza a reflejar los estragos de sus excesos―, se entrega a una vida de belleza, hedonismo y destrucción. Mientras su imagen permanece inalterable, su conciencia se marchita en secreto, entre fiestas, susurros y crímenes. El tiempo no pasa por su piel, pero deja huellas indelebles en su alma.
La única novela de Oscar Wilde, en una nueva y vibrante traducción de José Rafael Hernández Arias y con un posfacio del escritor Jorge Dioni López. Más de un siglo después, El retrato de Dorian Gray sigue interrogando nuestro culto a la imagen, al deseo y a la eterna juventud.
Joven agraciado y bellísimo, dotado de «toda la pasión del espíritu romántico y toda la perfección de lo griego», Dorian Gray es, cuando lo retrata el distinguido pintor Basil Hallward, la encarnación de la armonía vital incorrupta. Sin embargo, inevitablemente, las pasiones, la maldad, el impetuoso torrente de la vida, irrumpen en su existencia. Para su asombro, Gray descubre que es su retrato quien va asumiendo su deterioro físico y moral, protegiendo, en apariencia, su inmaculada imagen. Publicada en 1890, "El retrato de Dorian Gray" supuso el salto a la fama y la popularidad de Oscar Wilde (1854-1900), quien bajo el disfraz de una historia de atracción irresistible, desarrolla a la vez una fábula en torno al ser y la apariencia, la realidad y la imagen, la vida y el arte.
Basil Hallward había terminado el retrato. El joven Dorian, al verlo, no pudo más que desear, desde su frívola inocencia, que fuera su imagen la que envejeciera y se corrompiera con el paso de los años mientras él permanecía intacto. Y así fue: a partir de entonces, Dorian Gray conservó no solo la lozanía y la hermosura propias de la juventud, sino el aspecto puro de los inocentes. Pero ¿a qué precio?
Cuando se publicó El retrato de Dorian Gray, la crítica moralizante acusó a su protagonista de ser una figura satánica, corrompida y corruptora, sin comprender que era el héroe de una novela que reflejaba la fatalidad de los románticos: Oscar Wilde (1854-1900) había querido hacer de la belleza un refinamiento de la inteligencia; y para ello sumió a su protagonista en una atmósfera de perversión dominada por el arte y los poderes de un misterio que está más allá de la realidad. Pero el autor no se conforma con la simple descripción: incrusta a su personaje en un crimen y, como Edgar Allan Poe en sus relatos, lo rodea de un misterio que la razón no puede explicar. Dorian Gray sigue siendo, más de cien años después de la muerte de su autor, una piedra angular en los debates entre la ética y la estética, en las relaciones que mantienen el bien y el mal, el alma y el cuerpo, el arte y la vida.
Era como si el cuadro la hubiera llamado, obligándola a detenerse. Y al leer la inscripción del dorso, «Rose Madder», supo que tenía que ser suyo, el adorno perfecto para su recién estrenado hogar de mujer libre.
Tras años de maltratos, por fin Rosie Daniels había abandonado a su marido y emprendido una nueva vida en otra ciudad.
Pero es muy difícil no dejar pistas, y Norman, el brutal policía con quien se había casado, inicia la caza sistemática e implacable de su mujer. Cada vez está más y más cerca, y Rosie advierte, no sin temor, que su única aliada es esa figura pintada en el cuadro, que la invita a pasar a su lado de la realidad.