Entre las ruinas humeantes de Gaza y las páginas amarillentas de los libros, un anciano espera.
¿A qué espera? Quizá a que alguien, por fin, se detenga a escuchar. Porque los libros que sostiene entre sus manos no son solo objetos: son fragmentos de una vida, destellos de una memoria, cicatrices de un pueblo.
Cuando un joven fotógrafo francés enfoca su cámara hacia ese anciano rodeado de libros, ignora que está a punto de cruzar el espejo. «Detrás de cualquier mirada, ¿no hay una historia? La de una vida. La de todo un pueblo, a veces», murmura el librero. Así comienza la odisea palestina de un hombre que ha hecho de las palabras su refugio, su resistencia y su patria.
Del éxodo a la prisión, del compromiso a la desilusión política, de los hijos que vemos crecer y vivir a las tragedias que nos arrebatan a quienes amamos, su voz nos guía por los laberintos más íntimos de la historia.
En el verano del 76 una niña inteligente, observadora e intuitiva está lista para dejar atrás la infancia. Su pequeño mundo familiar y suburbano, atravesado por las tensiones del esfuerzo diario y el resentimiento de las ilusiones perdidas, está dominado por una figura central y referente: su papá. Un padre apuesto, a la vez cómplice y ensimismado, que llegado el momento le exigirá una prueba de lealtad.
En esta época, en Argentina, los grupos se abren en bandos y las familias se parten, la protagonista prueba el sabor de la soledad y por primera vez necesita preguntarse: ¿qué se puede decir?, ¿qué se debe callar? Así, el relato da en el blanco, en el punto justo donde se cruzan la intimidad y la vida social.
Y mientras tanto la indómita memoria, que se vuelve tanto hacia el pasado lejano como hacia el presente de la escritora adulta, enciende y apaga los focos del recuerdo en esta novela, la más personal y entrañable de Claudia Piñeiro.