Kazami, joven estudiosa de literatura, investiga el misterio que rodea a un libro de cuentos titulado N.P. Su autor, Tekase, pasó gran parte de su vida en Estados Unidos y se suicidó a los cuarenta y ocho años, dejando dos hijos. Cuando Kazami conoce a éstos, detecta de inmediato una estela de locura en los ojos de esos hermanos tiernamente incestuosos. Pero otra muchacha obsesionada por ese mismo libro se cruzará en el camino de Kazami, que pronto se verá envuelta en un inextricable laberinto del que nacerá un amor salvaje, desenfrenado.
El irlandés Oscar Wilde (1854-1900) fue uno de los grandes agitadores culturales de su época. Autor polifacético y versátil, cultivó con impagable maestría desde el teatro y la poesía hasta la narrativa oriental y el aforismo, el cuento corto o el ensayo.
De entre toda su producción, El retrato de Dorian Gray (1890) destaca no sólo por ser su única novela, sino también su trabajo más perdurable. Las desventuras de Dorian Gray, ese dandi paradigmático y ocurrente obsesionado con lo efímero, y su pánico a envejecer nos deparan la más genial y absorbente de las vueltas de tuerca que jamás se le hayan dado a la novela fáustica.
En enero de 1909, una estafa realizada por un tal Henri Lemoine contra la compañía De Beers dedicada a la explotación de minas de diamantes acabó adquiriendo notoriedad mundial.
Marcel Proust, cuyo estilo ya se estaba perfilando en los primeros esbozos de la Busca del tiempo perdido, tomó este caso para describirlo a la manera de Balzac, Flaubert, Renan, Michelet o Saint-Simon, recurriendo, con ello, “a plena conciencia, a la parodia”, con la idea de evitar “malgastar el resto de nuestras vidas escribiendo parodias involuntarias”, o leyéndolas.
Escrita por Dostoyevski en un tiempo récord para saldar una deuda y no perder los derechos de autor de su obra posterior, El jugador documenta el descenso a los infiernos de la adicción al juego, de la expatriación forzosa y de los amores destructivos e imposibles. Dostoyevski nunca incorporó tantos elementos autobiográficos a una novela suya, lo cual la hace más terrible y descorazonadora, si cabe.
En 1893, Arthur Conan Doyle decidió asesinar a Sherlock Holmes, el detective más famoso de todos los tiempos. El éxito arrasador de las novelas y los relatos publicados por The Strand Magazine no le permitía centrarse en sus novelas históricas. Así pues, escribió «El problema final», que cierra el presente volumen, con la intención de concluir este ciclo narrativo. Los lectores no se lo perdonaron, y Doyle se vio obligado a resucitar a su ya inmortal personaje.
En el arte de la prudencia Baltasar Gracián recurre al aforismo, pero innovando en su singularidad, y sobre todo en su retorcida, sinuosa, a veces tortuosa, brevedad. Gracián nos presenta todo un sistema de pensamiento, una amplia relación de preceptos y criterios prácticos de conducta para prosperar en el arriesgado entorno social de su época, el siglo XVII, siempre encauzados al éxito personal; y totalmente válidos en nuestros días. Se trata de sobrevivir en un mundo hostil; para triunfar son necesarias las relaciones; por tanto, hay que saber fingir y a la vez, adivinar las maniobras del prójimo.