Sonó el teléfono y supo que la iban a matar. Lo supo con tanta certeza que se quedó inmóvil, la cuchilla en alto, el cabello pegado a la cara entre el vapor del agua caliente que goteaba en los azulejos. Bip-bip. Se quedó muy quieta, conteniendo el aliento como si la inmovilidad o el silencio pudieran cambiar el curso de lo que ya había ocurrido. Bip-bip. Estaba en la bañera, depilándose la pierna derecha, el agua jabonosa por la cintura, y su piel desnuda se erizó igual que si acabara de reventar el grifo del agua fría. Bip-bip. En el estéreo del dormitorio, los Tigres del Norte cantaban historias de Camelia la Tejana. La traición y el contrabando, decían, son cosas compartidas.
Peopled by larger-than-life heroes and villains, charged with towering questions of good and evil, Atlas Shrugged is Ayn Rand’s magnum opus: a philosophical revolution told in the form of an action thriller—nominated as one of America’s best-loved novels by PBS’s The Great American Read.
Mexico in the 1970s is a dangerous country, even for Maite, a secretary who spends her life seeking the romance found in cheap comic books and ignoring the activists protesting around the city. When her next-door neighbor, the beautiful art student Leonora, disappears under suspicious circumstances, Maite finds herself searching for the missing woman—and journeying deeper into Leonora’s secret life of student radicals and dissidents.
Mexico in the 1970s is a politically fraught land, even for Elvis, a goon with a passion for rock ’n’ roll who knows more about kidney-smashing than intrigue. When Elvis is assigned to find Leonora, he begins a blood-soaked search for the woman—and his soul.
Swirling in parallel trajectories, Maite and Elvis attempt to discover the truth behind Leonora’s disappearance, encountering hitmen, government agents, and Russian spies. Because Mexico in the 1970s is a noir, where life is cheap and the price of truth is high.
En enero de 1909, una estafa realizada por un tal Henri Lemoine contra la compañía De Beers dedicada a la explotación de minas de diamantes acabó adquiriendo notoriedad mundial.
Marcel Proust, cuyo estilo ya se estaba perfilando en los primeros esbozos de la Busca del tiempo perdido, tomó este caso para describirlo a la manera de Balzac, Flaubert, Renan, Michelet o Saint-Simon, recurriendo, con ello, “a plena conciencia, a la parodia”, con la idea de evitar “malgastar el resto de nuestras vidas escribiendo parodias involuntarias”, o leyéndolas.