Ataviado con sombrero de fieltro y una pipa entre los dientes, el Dante de Seymour Chwast no puede ser más actual. Si La divina comedia se ha convertido en un clásico, quizá se deba a cuán poco se parece a la obra de los contemporáneos del autor, que no solo inventó un mundo como lo han hecho muy pocos, sino que es el gran pionero de la autoficción. Podría deberse también al atrevimiento de Dante de escribir como hablaba realmente la gente de su tiempo y su lugar, la Toscana, y no en latín, según se había esperado de un literato. Chwast, un héroe de la ilustración y el diseño, ya casi centenario, condensa de una manera tan audaz como efectiva toda la complejidad de un clásico que no siempre se animan los lectores a abordar. Y en la estela de Dante, convierte la poesía del original en una obra alejada de la convención del arte secuencial en favor de páginas sorprendentes. Por su forma singular de reimaginar el clásico medieval, Chwast es fiel y digno heredero de un autor al que se considera el padre de la lengua italiana. Como en el poema original, el Dante de Chwast recorre junto a su maestro Virgilio los círculos del Infierno. Juntos atraviesan el Purgatorio y llegan hasta el Paraíso, donde encuentran a Beatriz, la difunta amada de Dante, porque la Comedia acaba bien y recuerda, a quien quiera saberlo, que existe una luz divina. Pero no hacemos spoilers, lo que importa es cómo transcurre el viaje y cómo se cuenta. La serie de personajes que van encontrando a lo largo del viaje.
En esta obra autobiográfica Thomas Mann relata los acontecimientos más relevantes de su vida, su ansia de independencia y libertad, detalles sobre la construcción de sus obras y las fuentes en las que se inspiró. Además, escribe acerca de las similitudes entre su propia vida y la de sus personajes, claramente visibles, por ejemplo, en su gran novela Los Buddenbrook; la singular experiencia sobre el tiempo que pasó su mujer Katia en Suiza, cuando ésta enfermó de los pulmones, tal como la describió en La montaña mágica, y otras influencias menos estudiadas, como la inspiración para los personajes del ciclo novelístico de corte bíblico José y sus hermanos, según apunta Andrés Sánchez en su esclarecedor ensayo final sobre la vida del escritor.
«Un canto de denuncia, testimonio fidedigno de la violencia en Centroamérica».
Fiel a su compromiso poético, William González nos regala su confesión más humana. El poeta que pudo haber empuñado un arma, pero eligió la palabra.
Un poemario desgarrador y tan extraordinariamente sagaz como clarividente, que articula una denuncia poética de la violencia estructural de América Central. Hay una memoria colectiva que toma cuerpo y se pronuncia a través de historias profundas y trágicas, cuyas víctimas son jóvenes armados, mujeres violadas o migrantes que sueñan con un destino mejor. Una voz testimonial que disecciona la barbarie.
En estas Cartas extraordinarias María Negroni ilumina el mundo en que vivieron y crearon Louisa May Alcott, Emilio Salgari, Charles Dickens, Mark Twain, Jack London y tantos otros grandes del siglo XIX, cuyas narraciones serán siempre nuestro ADN sensible, las marcas que han dejado en nuestro corazón aquellas primeras lecturas.
Correspondencia cuidadosamente apócrifa, a veces improbable, o imposible por anacrónica, a veces incluso dirigida a personajes de ficción que, sin ignorar las circunstancias biográficas, históricas y sociales, emprenden, casi con saña, una empedernida reflexión en torno a los costos y peligros de la escritura.
«¡Cede lugar a mi secreto amor! ¡Ven, hermano, ven, amante al fin! ¡Surge de la profundidad que nunca osé salvar, asoma desde la hondura que mi amor ha derribado! ¡Brota asido al hilo que te lleva el insensato!».
Los reyes (1949), primer libro publicado por Cortázar con su nombre verdadero, es un poema dramático que propone una curiosa variante del mito del Minotauro: Ariadna no está enamorada de Teseo sino del monstruo que habita en el centro del laberinto. Gran conocedor de la estructura cerrada y fatal de los mitos griegos, Cortázar se las ingenia para que la historia tenga, de todas formas, el desenlace conocido: a pesar de las intenciones de su amada, el monstruo elige morir a manos de Teseo. Esta obra de estilo clásico y rara belleza, que ocupa un lugar de excepción dentro de la riquísima obra literaria de Cortázar, tiene el mérito enorme de respetar y, al mismo tiempo, transgredir la tradición.
En esta comedia romántica paranormal, escrita por la autora de Mi compañero de piso es un vampiro, la relación falsa entre una contable y un vampiro será cuestión de vida o muerte... literalmente.
Amelia Collins es una mujer exitosa por definición. Incluso se atrevería a decir que ha tenido éxito hasta en eso de estar soltera. Pero, según su familia, no es así, y ya está cansada de que le pregunten constantemente por su inexistente vida amorosa. Cuando le llega una invitación a la boda de otra prima más, decide que ya está harta de los incesantes comentarios de su familia, así que busca a alguien dispuesto a acompañarla y fingir ser su novio.
Tras un encuentro casual con Reginald Cleaves, Amelia decide que él es justo lo que andaba buscando. Es un tanto extraño, pero da igual, eso ayudará a que su familia no le pregunte mucho al respecto (y desde luego tampoco es que haga daño a nadie que además esté increíblemente bueno).
Para el vampiro centenario Reggie, el fingir estar saliendo con Amelia y ser su acompañante en la boda de su prima suena de lo más divertido. Y si eso le ayuda a mejorar sus dotes de actuación al hacerse pasar por humano, mejor que mejor.
A medida que Amelia y Reggie avanzan con su falso romance, a Amelia le queda claro que Reggie le es tan leal como un vampiro a la sangre, y que las primeras impresiones que tuvo de él no podrían haber estado más equivocadas. De repente, la posibilidad de tener algo de verdad con él no le suena tan mal.