La anciana Sophonisba –«un nombre bonito e indicado, cuando me lo pusieron, pero ahora está más que pasado de moda»– debe, por motivos de salud, trasladarse a vivir a Londres. Enfrente de su nueva residencia hay un inmueble señorial pero deteriorado, del que cuelga desde tiempos inmemoriales el cartel de «Se alquila». ¿Por qué, se pregunta Sophonisba, nadie quiere alquilar la casa? ¿Y por qué ve en ella, si está deshabitada, un ojo que la mira? Jabez Jarber, su eterno pretendiente, y Trottle, su fiel criado, siempre celosos el uno del otro, se proponen aclarar el misterio. Jarber reconstruye la historia de los antiguos inquilinos de la casa; Trottle, más audaz, entra en la casa misma. Dickens ideó esta situación para el número especial de Navidad de 1858 de la revista Household Words, y entre él y varios amigos de la talla de Wilkie Collins y Elizabeth Gaskell construyeron un enigmático rompecabezas por el que pululan maridos que regresan de la muerte, hermanas sin amor, padres cruelísimos, niños maltratados y hasta un enano que quiere entrar en sociedad.
Bram Stoker pasó los primeros siete años de su vida recluido en su casa a causa de una enfermedad. Su único entretenimiento eran las oscuras leyendas irlandesas que su madre le contaba. No sería de extrañar que esas crónicas hilvanadas con elementos sobrenaturales generaran el caldo de cultivo que llevó a Stoker a convertirse en uno de los más grandes autores de terror gótico. Durante mucho tiempo se consideró «El invitado de Drácula» un primer capítulo eliminado de Drácula, la obra capital de Stoker, si bien el estudio de las notas del autor a partir de los años setenta desechó esta idea y dio pie a otras teorías. Sea como fuere, la historia, que funciona de manera independiente, vio la luz en 1914, dos años después de la muerte del escritor irlandés, como parte de una recopilación de sus mejores relatos. Reunidas de nuevo en esta edición, estas ocho joyas del género demuestran la maestría de Bram Stoker para desarrollar ficciones escalofriantes que pondrán a prueba los límites de nuestro miedo.
En el presente texto, publicado en 1810 en el Berliner Abendblätter, Kleist narra su encuentro con un célebre artista que confiesa ver en el teatro de marionetas una forma de arte superior incluso a la danza humana. Los ingrávidos títeres de los espectáculos populares se convierten así no sólo en símbolo de la gracia, sino también de otro estadio de la existencia libre del peso de la conciencia que lastra al ser humano. El presente volumen incluye además otros textos breves relacionados con el teatro, la pintura, el pensamiento y la música en los que Kleist pone de manifiesto la fragilidad del espíritu ante las fuerzas inconscientes que subyacen a la voluntad humana. Asimismo, Víctor Molina ofrece una enriquecedora lectura de «Sobre el teatro de marionetas», texto de culto para varias generaciones de artistas escénicos, poetas y pensadores.
Un joven ingeniero retenido por su trabajo en una pequeña localidad de Massachussets observa a un hombre lisiado y envejecido que recoge en la oficina de correos una revista y un sobre con medicamentos. Es invierno y el ambiente del pueblo es claustrofóbico. El aspecto educado del hombre, la edad que no corresponde a su físico, los misteriosos silencios y prevenciones que despierta su presencia en los demás, su vida casi aislada en una destartalada granja con dos mujeres, llevan a preguntarse al ingeniero por qué sigue viviendo en un sitio de donde, como dicen los lugareños, «casi todos los listos se marchan». Pero el hombre tiene un motivo para no haberse marchado, o para haberlo intentado y nunca conseguido: una historia en la que se mezclan la fatalidad del destino y todas las sutilezas del amor prohibido. Ethan Frome (1911) es una nouvelle cuyo escenario –los pueblos y bosques de Nueva Inglaterra– es toda una tradición de la más distinguida literatura norteamericana (de Hawthorne a Lovecraft) pero una excepción en una novelista esencialmente moderna y urbana como Edith Wharton. Sin embargo, desde su publicación, no dejaría de ser una de sus obras más características, uno de los ejemplos más celebrados de su sensibilidad y de su estilo. Un auténtico clásico norteamericano y una auténtica lección de arte narrativo.
Mujercitas, el clásico de Louisa May Alcott, narra los amores y desventuras de la señora March y sus cuatro maravillosas hijas: Meg, Jo, Beth y Amy.
Bajo la capa de aparente ligereza que le otorga su condición de retrato costumbrista y sus aires de manual de modales para jovencitas, Mujercitas es un magnífico canto a la libertad y la alegría de vivir, sobre todo gracias al personaje de Jo, que sirvió de icono para parte del movimiento feminista.
Descubre el espíritu revolucionario, activista y formativo de esta gran obra que consiguió crear un universo de mujeres fuertes e independientes que luchan por encontrar su lugar en la sociedad que les tocó vivir.
La lucha interior de un delator acaba convirtiéndose en una patología que afecta a su salud mental y física.
"El corazón humano, en las páginas de Conrad, es el corazón humano de un inmenso número de personas, de todas las edades y latitudes."
Ford Madox Ford
El estudiante ruso Razumov se ve envuelto en un atentado cometido por un compañero revolucionario al que acaba delatando a la policía. Empleando similar dureza contra la perversidad de las autoridades zaristas y la crueldad de los revolucionarios, Conrad reconstruye el drama psicológico del delator, que se agudiza aún más cuando este es enviado a Ginebra para infiltrarse en la organización a la que pertenecía el activista traicionado. Su lucha interior para convivir con el remordimiento acaba convirtiéndose en una patología que afecta a su salud mental y física.
Joseph Conrad (1857-1924) vivió en el mar su juventud. De ascendencia polaca, se dedicó íntegramente a la literatura poco antes de cumplir cuarenta años. Jamás un autor de origen extranjero, si exceptuamos a Nabokov, ha enriquecido tanto la lengua inglesa como Conrad, que legó a la posteridad decenas de novelas y narraciones magistrales.