El poeta catalán Joan Vinyoli (1914-1984 ) aprendió muy pronto de su admirado Rilke que 'la poesía no es cosa de sentimientos, sino de experiencias'. Quizá justamente por su formación autodidacta y el origen vacilante de su vocación, Vinyoli siempre concibió la poesía -a la manera de su maestro Carles Riba- como una herramienta indagatoria y de conocimiento de uno mismo y del mundo, una forma de realización espiritual. Su escritura parte del romanticismo alemán y el postsimbolismo para evolucionar hacia una poesía de corte metafísico y fuerte impronta moral. La palabra poética sirve para arraigarse en la realidad, trascenderla y superar el estado de indigencia que el poeta considera inherente a la condición humana.
Rachel es una universitaria irlandesa que trabaja en una librería para pagarse la carrera. Allí conoce a un chico de su edad, James; no tardarán mucho en hacerse íntimos amigos y animarse a compartir un piso tan barato como destartalado. Ambos buscan abrirse camino en la Irlanda de la Gran Recesión mientras gestionan sus caóticas vidas: James está harto de que la gente piense que no quiere salir del armario y Rachel fantasea sin parar con el doctor Byrne, un profesor casado al que intenta seducir con un arriesgado plan de imprevisibles resultados.
Al sentir próxima la muerte, el barón Béla Wenckheim, que ha pasado buena parte de su vida exiliado en Argentina, decide regresar a su Hungría natal con la esperanza de reencontrarse con su amor de adolescencia. Pero su retorno siembra la confusión en el pueblo, muchos de cuyos habitantes lo reciben como a un rico benefactor capaz de salvarlos de la fatalidad, cuando en realidad ha dilapidado su fortuna en los casinos de Buenos Aires. En la ola de rumores y malentendidos cada vez más extravagantes participarán hasta los políticos y periodistas de la región. Krasznahorkai hilvana con virtuosismo las múltiples voces de esta comunidad en una novela coral y apocalíptica que muchos han considerado su obra maestra. El ambicioso tour de force de uno de los autores más visionarios de la narrativa contemporánea europea.
Alguna noche, suelo ubicar mis horas en la serenidad del barrio de
Almagro: empresa que tiene su poco de catástrofe en cada punta, pues
para ir y volver es obligatorio descender a la tierra como los muertos e
incluirse en una hilera de ajetreos que hay entre la plaza de Mayo y la
estación Loria, y resurgir con una sensación de milagro incómodo y de
personalidad barajada, al mundo en que hay cielo. Claro está que esas
plutónicas y agachadas andanzas tienen su compensación: tal vez la más
segura es poder considerar ese grande y bien iluminado plano de Buenos
Aires que ilustra las paredes enterradas de los andenes. ¡Qué maravilla
definida y prolija es un plano de Buenos Aires! Los barrios ya pesados
de recuerdos, los que tienen cargado el nombre: la Recoleta, el Once,
Palermo, Villa Alvear, Villa Urquiza; los barrios allegados por una
amistad o una caminata: Saavedra, Núñez, los Patricios, el Sur; los
barrios en que no estuve nunca y que la fantasía puede rellenar de
torres de colores, de novias, de compadritos que caminan bailando, de
puestas de sol que nunca se apagan, de ángeles: Pueblo Piñeiro, San
Cristóbal, Villa Domínico.
De una a siete de la tarde -mis horas oficiales o "teóricas" de
trabajo- me confieso un impostor, un chambón, un equivocado esencial. De
noche (conversando con Xul Solar, con Manuel Peyrou, con Pedro Henríquez
Ureña o con Amado Alonso) ya soy un escritor. Si el tiempo es húmedo y
caliente, me considero (con alguna razón) un canalla; si hay viento sur,
pienso que un bisabuelo mío decidió la batalla de Junín y que yo mismo
he consumado unas páginas que no son bochornosas. Me pasa lo que a
todos: soy inteligente con las personas inteligentes, nulo con las
estúpidas.
Hacia 1957 reconocí con justificada melancolía que estaba quedándome
ciego. La revelación fue piadosamente gradual. No hubo un instante
inexorable en el tiempo, un eclipse brusco. Pude repetir y sentir de
manera nueva las lacónicas palabras de Goethe sobre el atardecer de cada
día: Alles nahe werde fern (Todo lo cercano se aleja). Sin prisa pero
sin pausa -¡otra cita goetheana!- me abandonaban las formas y los
colores del querido mundo visible. Perdí para siempre el negro y el
rojo, que se convirtieron en pardo. Me vi en el centro, no de la
oscuridad que ven los ciegos, como erróneamente escribe Shakespeare,
sino de una desdibujada neblina, inciertamente luminosa que propendía al
azul, al verde o al gris. Ya no había nadie en el espejo; mis amigos no
tenían cara; en los libros que mis manos reconocían solo había párrafos
y vagos espacios en blanco pero no letras.
Edición conmemorativa a 30 años de su primera publicación. Incluye material inédito del archivo personal de Tomás Eloy Martínez. Tras cuatro jornadas de entrevista exclusiva a Juan Domingo Perón, Tomás Eloy Martínez decidió no escribir las memorias autorizadas del General, sino un relato apasionado que conjuga el mito, la realidad y la ficción para dar cuenta -como nadie antes ni después- de la figura más compleja y fascinante de la historia argentina. El resultado es una novela monumental, llena de acción, que resume la vida política del último siglo e indaga en las múltiples facetas de la verdad y en el poder que tiene la ficción para interpretarlas. «Un texto increíble, casi perfecto. Borges o Cortázar habrían dado su mano derecha por escribirlo.
Hay páginas dedicadas al análisis de películas, notas sobre Flaubert y
Whitman, y una revisión de las traducciones homéricas. Del conjunto de
ensayos, dos sean quizás los más citados: "La poesía gauchesca, un
recorrido por el género y sus autores", y "El escritor argentino y la
tradición", en el que Borges reniega de muchos de sus libros anteriores,
e invita a los escritores a...
Yo solía trabajar limpiando las casas de otras personas, ahora apenas logro creerme que este sea mi hogar. La encantadora cocina, la calle tranquila, el enorme jardín en el que los niños pueden jugar. Mi marido y yo hemos ahorrado durante años para que nuestros hijos tengan la vida que se merecen. Aunque siento algo de recelo hacia nuestra vecina, la señora Lowell, veo su invitación a cenar como una oportunidad para hacer amigos. Cuando su empleada abre la puerta con un delantal blanco y el pelo recogido en un moño tirante, sé exactamente cómo se siente. Pero su gélida mirada me produce escalofríos... La empleada de los Lowell no es lo único extraño de nuestra calle. Estoy convencida de que alguien nos observa. Y cuando conozco a la mujer que vive enfrente, sus palabras me dejan petrificada: "Ten cuidado con tus vecinos". ¿Cometí un terrible error mudándome aquí con mi familia? Pensaba que había dejado atrás mis secretos oscuros. Pero ¿podría ser este apacible barrio residencial el sitio más peligroso de todos?